Wednesday, December 3, 2008

CRITICA DE LA ESTULTICIA HUMANA:

DIALOGOS FRENTE A UNA EXPLOSION NUCLEAR EN EL CENTRO DE UNA GRAN CIUDAD

por Manuel Lasso

BERNARDO: ¿Qué ocurriría si un misil nuclear explosionase en el centro de esa gran ciudad?
ORESTES: Sería algo espantoso. Algo extraordinariamente aterrador. Desde lejos se vería una inmensa bola de fuego y humo que se elevaría rápidamente y que cubriría casi la mitad de esa ciudad.
BERNARDO: ¿La mitad de la ciudad?
ORESTES: Tal como sensorialmente me percibe y escucha... Sería una explosión gigantesca que desde el principio habría destruído instantáneamente la mitad de esa urbe y estaría avanzando hacia el exterior a gran velocidad.
BERNARDO: Tendría que ser vista desde muy lejos...
ORESTES: Debido a su extraordinario poder destructor sólo se la podría ver desde gran distancia. Antes se la veía de cerca, sobre todo por algunos generales que tenían un delirio de grandeza tan desmesurado que no había con qué medírselas. Así con la enorme megalomanía que los aplastaba se llenaban las entrañas de licor y subían a una tribuna. Ahí de pie, tambaleándose, con los ojos llorosos y sacando pecho, cantaban el himno nacional y contemplaban el acrecentamiento del hongo de humo de la explosión.
BERNARDO: Para ver como la podrían usar...
ORESTES: Así es. Para elucubrar sobre la mejor manera de usarla en el campo de batalla. Ya sea durante un ataque a unas fuerzas enemigas que parecían mansitas y que se iban a dejar o durante la retirada descontrolada cuando el adversario resultaba ser más recio de lo que se esperaba. En realidad esos pobres generalillos no sabían que el verdadero ojo del alma es el entendimiento como decía Aristóteles y no los binoculares ni el licor bebido a destiempo. Ulteriormente se descubrió que esos curiosos espectadores, a pesar de todas las medallas que les colgaban del pecho, desarrollaban enfermedades incurables. Desde ese momento la plataforma de los generales permaneció vacía durante las explosiones. Nadie volvió a presenciar esos espectáculos ni a cantar el himno nacional con medio litro de alcohol adentro... Esta es un arma que a un líder demente y cruelmente vicioso como Hitler, Calígula, o Atila les hubiese gustado poseer. Les habría iluminado el rostro de placer.
BERNARDO: ¿No se podría observar esto desde el hipocentro de la explosión?
ORESTES: ¿Cómo dice? ¿Observarla desde el centro de la explosión? ¡Qué está usted hablando! ¿Tanto se odia que se quiere autoeliminar? ¿Por qué quiere ser anihilado? Si no es para tanto, hombre... Las cosas no pueden andar tan mal. La mujer no se le puede haber ido para siempre. Ya regresará... Vamos, despierte...
BERNARDO: Estoy despierto. Simplemente preguntaba...
ORESTES: Pues, fíjese bien en lo que pregunta, porque puede dar la impresión equivocada... Observar desde el hipocentro sería imposible porque se esfumaría instantáneamente en una descomunal masa de fuego... No quedarían de usted ni su cabezota ni sus huellas digitales ni esa insignia que lleva en la sien izquierda. Simplemente desaparecería. La velocidad de esa explosión es mil veces más rápida que la de un parpadeo. ¿Me entiende?
BERNARDO: Sí, sí; le entiendo.
ORESTES: Esta explosión es más veloz que el pensamiento humano. Infinitamente más rapida que los dedos de un ilusionista o de un carterista. Bueno, tras la detonación nadie se daría cuenta que todo habría desaparecido como por encanto porque, como comprenderá, ya no existiría nadie para darse cuenta de nada. ¿Me comprende? En un instante la vida discurriría como de costumbre con sus deliciosas urgencias sexuales que no se amainan con nada, con sus disyuntivas filosóficas y sus dilemas consecutivos. En el siguiente, la colosal bola de fuego ya habría destruído gran parte de la urbe y estaría avanzando, como si galopara, hacia la periferie... Media ciudad apotética y trascendente habría desaparecido en menos de un centésimo de segundo. ¿Me entiende lo que le quiero decir? En menos de un centésimo de segundo... Bueno, allá usted si no me entiende...
BERNARDO: Le entiendo, le entiendo... En menos de un centésimo de segundo... Por supuesto... Todo sería muy rápido... ¿Haría mucho calor?
ORESTES: Si usted llama a eso calor. Yo no sé como llamarlo. La verdad es que sería peor que el más maligno de los infiernos porque la temperatura se elevaría hasta los diez millones de grados centígrados.
BERNARDO: ¿Diez millones de grados centígrados? ¿En el lugar de la explosión?
ORESTES: Tal como me oye...
BERNARDO: Eso debe de ser muy caliente, ¿verdad?
ORESTES: Imagínese usted... Si el agua hierve a cien grados. Como sería a diez millones... Desapareceríamos sin que nos diésemos cuenta.
BERNARDO: ¿Cree usted que en el infierno la temperatura también se podría elevar a ese nivel?
ORESTES: ¿En el infierno?... Eso tendría que preguntárselo a Virgilio o a Dante si es que se encuentra con ellos por algún recodo del camino. Ya deben de estar viejísimos, babeando, cojeando y sin poder recordar lo que acaban de hacer... Aunque también es posible que no hayan cambiado nada y los podría hallar con la misma cara de mala noche, con las mismas vestimentas y hasta con el mismo bonete colorado y la túnica verde azulada. Por lo que yo sé, nadie ha regresado de ese viaje para contarnos esas cosas.
BERNARDO: ¿Qué pasaría con todo lo que existe en el centro de esa ciudad?
ORESTES: Todo desaparecería instantáneamente: los templos sagrados, los prostíbulos muy concurridos y los museos con sus exhibiciones eróticas especiales. Lo mismo sería con los seres humanos. Todos los sueños y ambiciones no logradas, los implacables deseos sexuales que no se calman con nada y las perezas de las que usted sufre perennemente y los odios y las envidias que nos tenemos los unos a los otros, se disolverían junto con los ladrillos y las columnas de acero y se convertirían en una masa de fuego y de polvo. Es muy horrible, demasiado horrible, mencionar esto; pero es la verdad.
BERNARDO: Nunca había escuchado algo semejante.
ORESTES: Lamentablemente es cierto. Parece una película de horror. Una ficción, una exageración, que desafía al concepto del análisis de la experiencia en términos de sujeto y objeto; no obstante es terriblemente real. ¿Usted cree que yo miento, socarrón?
BERNARDO: No, no; de ninguna manera. Por el contrario. Mas bien, por favor, dígame, ¿sabe la gente como son estas explosiones?
ORESTES: La población en general no sabe como es esto. Todos hablan y leen acerca de las explosiones nucleares. Ven fotografías y videos; pero más se interesan cuando presencian algo erótico, como cuando ven a una pareja haciendo el amor en la posición de svanaka. Ahí si que aplauden, se ruborizan y gritan con impaciencia. Pero cuando se trata de un desastre nuclear nadie sabe como sería eso en el momento real.
BERNARDO: ¿Qué pasaria a 16 kilómetros de la explosión? Un poco más lejos...
ORESTES: El calor infernal evaporaría el metal.
BERNARDO: ¿Quiere decir que un automóvil o un tanque de guerra que estuviesen encima de un montículo desaparecerían y en lugar de ellos solo se vería un cráter en el terreno?
ORESTES: Lo entiende usted muy bien. Su comprensión epistemológica aumenta con cada momento que pasa. Vaya, si es como para felicitarlo... Es cierto, el vidrio se derritiría y se desparramaría por el suelo.
BERNARDO: ¿Como en los cuadros de Dalí?
ORESTES: Usted lo ha dicho. Los relojes se derritirían como si fuesen de cera. Se quedarían colgando de las ramas o de los cables del teléfono.
BERNARDO: Entonces ¿Salvador Dalí tuvo una visión profética?
ORESTES: Pudo ser algo intencional, una coincidencia o una profecía. Es que el arte de Dalí es algo serio como también lo es el subconsciente porque tienen materiales que aún no se pueden comprender. Ninguna ciencia tiene que agotar su campo para producir nexos necesarios entre sus contextos determinantes.
BERNARDO: ¿Entre sus qué, dijo?
ORESTES: Entre sus contextos determinantes.
BERNARDO: Le entiendo, le entiendo; pero ¿qué pasaría a 27 kilómetros del centro de la detonación?
ORESTES: Ya se imagina usted que en ese instante el hongo de humo de la explosión seguiría elevándose y formando sus volutas blancas. A esa distancia el inmenso calor incendiaría todo incluyendo a las casas.
BERNARDO: ¿No permanecería nada en pie?
ORESTES: Nada. Todo quedaría como un lugar eráceo con un solo arbolillo deshojado. Ahí debajo de ese arbolillo, en ese cosmos metafinito, tendríamos que esperar a Godot, comiendo zanahorias, hablando tonterías y arguyendo con Estragón.
BERNARDO: Mirando al reloj que colgaría de una rama...
ORESTES: Así es.
BERNARDO: Eso parecería un auténtico Apocalipsis.
ORESTES: Lo sería. De cuatro lugares diferentes de la enorme muralla de humo blanco, que seguiría elevándose, los cuatro jinetes del Apocalipsis emergerían completamente ilesos, aunque con los rostros cubiertos de cenizas. Sería como en un sueño. Por un instante se detendrían mirando a todos lados con ferocidad, acomodando sus armas. Al vernos espolearían a sus caballos polvorientos hasta casi desventrarlos. Galoparían alocadamente, levantando el polvo radioactivo y vociferando se nos echarían encima, al compás de un grotesco y desagradable ruido de trompetas y cornetas, para despedazarnos a los que estuviésemos debajo del arbolillo esperando a Godot y a los que no atinásemos a echarnos a correr en todas direcciones como si nos persiguiesen todos los demonios del infierno, con sus perros cancerberos y sus monstruos de cinco cabezas...
BERNARDO: ¿Qué pasaría más allá de los 48 kilómetros del hipocentro de la explosión?
ORESTES: Con un calor tan intenso todo aquel que estuviese vagando por las calles, contemplando a las hermosas mujeres que los estarían mirando con ganas de engullírselos enteros, sufriría quemaduras graves en todo el cuerpo.
BERNARDO: ¿Y a 89 kilómetros?
ORESTES: A esa distancia todo el que por curiosidad mirase al hongo de humo negro y polvo blanco para observar la luz brillante de la explosión, sufriría una ceguera instantánea que no se la curaría ni Maimónides aunque viniese en persona a sobarle los ojos con el mejor de sus ungüentos... ¿Sabe usted quién era Maimónides?... Por supuesto que no era el mamón que le gustaba a Nides...
BERNARDO: No, no, por supuesto que no... Maimónides era un médico filósofo de la antiguedad muy brillante.
ORESTES: Bueno, ¿se imagina lo que hubiese hecho en este caso David Hume inspirado por su empirismo escéptico?
BERNARDO: Ya me lo imagino. Hume no hubiese creído en una explosión nuclear hasta no verla. El sólamente creía en lo que podía ver, oír, oler, degustar o palpar... Era de los que decían: La veo; por lo tanto existe... Entonces con mucho interés habría mirado al hongo de humo y fuego...
ORESTES: Me alegro que haya vivido en otra época. De otra manera habría pasado a la historia como Hume, el ciego. De todos modos Kant se encargó de hacerlo entrar en línea y de acomodarle los lentes delante de los ojos.
BERNARDO: Indudablemente. ¿No le gustaba a Hume volar cometas?
ORESTES: No lo sé. A Benjamín Franklin le gustaba hacer eso como si fuese un niño de babero. Era su pasatiempo preferido. Cuando no se hallaba discutiendo los detalles de la compra de balas y pólvora que se necesitaban para continuar la lucha de la independencia de las trece colonias norteamericanas Franklin se encontraba seduciendo a una dama de Virginia recién conocida con una flor en la mano o se le hallaba volando cometas blanquiazules con adornos dorados, corriendo como loco por las afueras de Filadelfia, con una mamadera en la mano, aunque estuviese lluviendo. Así inventó el pararrayos. ¿Conoce usted el pararrayos?
BERNARDO: Claro, por supuesto. Siguiendo con nuestras preguntas. ¿Habrían muchos muertos?
ORESTES: Habrían muertos hasta en los lugares donde menos nos imaginamos. Serían incontables como en los tiempos de la Muerte Negra. Las víctimas se encontrarían en diferentes posiciones tiradas en los techos, en las plazas, agarrados de los bordes de sus botes a las orillas de los ríos, aferrados de las cuerdas de los campanarios, sentados en los confesionarios con la cabeza reclinada a un lado o entresacando los pies con sus zapatos por las innumerables ventanas de los palacios. Y lo que es más, los jinetes del Apocalipsis deambularían por todo sitio y sin desmontar les darían vueltas a los cadáveres panzones con sus espadas y los hincarían para confirmar que estuviesen muertos.
BERNARDO: ¿Y si los muertos se levantasen?
ORESTES: ¿Cómo que se levantasen?
BERNARDO: Sí. Que se levantasen y se echasen a andar por ahí. O que se empinasen para descolgar los relojes de las ramas...
ORESTES: A todo muerto que se levantase el jinete del caballo negro le metería un balanzazo en la cabeza y con eso se arreglaría todo... Además, ¿para que se tendría que levantar nadie... El que estuviese muerto estaría bien muerto... ¿Me entiende?
BERNARDO: Le entiendo... ¿Y los generales?
ORESTES: ¿Qué hay con los generales? ¿Cree que estarían cantando el himno nacional con voz de falsetto?
BERNARDO: No, no. Me refiero a que si estarían muertos.
ORESTES: Bueno, si esos oficiales genocidas, responsables de la tortura y del desaparecimiento de innumerables compatriotas, habrían estado metiendo las narices donde no les correspondía también habrían muerto. Estarían inmóviles, con sus enormes panzas, sus uniformes muy limpios y sus medallas bien pulidas, con sus lentes oscuros y sus bigotazos negros en espera de que se les levantase un monumento... Pero no estarían oliendo a flores...
BERNARDO: Muertos como héroes...
ORESTES: Es posible. Habría que enterrarlos. Y es que los generales son tan humanos como cualquiera. Se mueren, igual que sus víctimas, con todas sus condecoraciones encima.
BERNARDO: Que trágica sería esa escena... Mi padre también era militar.
ORESTES: Lo siento mucho por usted y por su padre, créame; pero como decía en ese momento nadie envidiaría a nadie ni habría quien pudiese odiar a sus semejantes. Estando muertos nadie puede odiar a los demás.
BERNARDO: ¿Se acabaría el odio racial con esa destrucción nuclear?
ORESTES: En efecto. Es lamentable que primero se tenga que producir un desastre nuclear para que se enmienden estas conductas viciosas; sin embargo es posible que con esta catástrofe extrema se acabe ese odio inexplicable que algunos seres humanos sienten por otros. Se terminaría el odio en todas sus formas y manifestaciones. Porque nadie es superior a nadie, en ningún orden, aunque algunos se atribuyen esa capacidad simplemente porque se les ocurre y les da la gana.
BERNARDO: ¿Y el abuso de las mujeres?
ORESTES: De esa manera también se acabaría esa otra estulticia humana que es el abuso al que se ha sometido a las mujeres desde que el Homo Sapiens empezó a pronunciar palabras en vez de emitir gruñidos lastimeros cada vez que deseaba aparearse. Ya es tiempo de acabar con esa barbaridad.
BERNARDO: ¿Y las dictaduras y torturas?
ORESTES: También desaparecerían. Ya no habrían militares ni civiles que se apoderarían del gobierno por la fuerza y se acomodarían en un sillón presidencial para romper en pedacitos la Declaración de los Derechos Humanos y arrojarlos por encima del hombro para que los recojan los encargados de la limpieza. Tampoco habría quién ordenase el desaparecimiento forzado de sus oponentes políticos lanzándolos al mar o arrojándolos al cráter de un volcán.
BERNARDO: ¿Y los torturadores?
ORESTES: No habría ningún pobre diablo torturador, militar de bajo rango, que de puro placer le metería una descarga eléctrica al dídimo de un preso inocente simplemente para confirmar las relaciones ontológicas que existen entre el todo y sus partes como quien dice para verificar que la electricidad se conduciría igual y distributivamente entre el órgano total y sus células integrantes.
BERNARDO: Disculpe... pero, ¿qué es el dídimo?
ORESTES: ¡Pero hombre!... ¿Es que no lo sabe?... Esto es increíble... El dídimo, mi querido amigo, es lo que está debajo del epidídimo.
BERNARDO: ¿Y que es el epidídimo?
ORESTES: Eso se lo tendrá que preguntar a Vesalio. No me diga que eso tampoco sabe. Hombre, si es algo muy elemental. Si no hubiese sido por el dídimo o por la gónada de las hembras ni el Homo erectus ni el Homo sapiens hubiesen podido existir... Ni tampoco las pinturas rojiazules de las cuevas de Altamira... o las de Chauvet-Pont-d'Arc... O las imágenes de los templos de Khajuraho. Fueron muy indispensables en la evolución del ser humano... A lo único que no podemos aspirar es a la eternidad...
BERNARDO: Por supuesto... Le entiendo, le entiendo... Claro, la eternidad...; pero dígame, ¿habrían muchos heridos?
ORESTES: Una innumerable cantidad de heridos se quedarían abandonados en el anillo exterior de la explosión. Sería muy horroroso porque estarían apilados unos encima de los otros, aunque no les gustase estar así, gimiendo de dolor y retorciéndose en el suelo; pero nadie podría venir a socorrerlos. Porque no habría nadie que pudiese ayudar a nadie. Sería muy triste, muy lamentable. Se parecería al final de una batalla de los tiempos antiguos, con los cuatro jinetes del Apocalipse cabalgando desnudos, con sus estandartes en las manos, soplando sus clarines y anunciando la victoria en todas direcciones.
BERNARDO: ¿Sería como en las pinturas de Bruegel?
ORESTES: Algo parecido o tal vez peor. Algo inmensamente más pavoroso. Sinceramente no desearía que ni usted ni yo estuviésemos en ese lugar.
BERNARDO: ¿Y los sobrevivientes?
ORESTES: Sobrevivirían los que se encontrasen muy lejos de la explosión; pero a veces pienso que sería mejor no sobrevivir.
BERNARDO: ¿Por qué?
ORESTES: Porque esos pobrecillos, aunque se corriesen, se agachasen o se ocultasen, sufrirían indescriptiblemente. Las quemaduras y las enfermedades mortales que se producirían a continuación serían terribles. Sería una hecatombe, una apocalipsis, una unidad abstracta que ya no podría retornar racionalmente al mundo de los fenómenos. Algo que no se podría comprender. Lo peor sucedería si se produjese un Invierno Nuclear.
BERNARDO: ¿Qué es eso?
ORESTES: Como ya lo he explicado anteriormente, si se produjese un Invierno Nuclear, todo el polvo y los residuos de la terrible explosión formarían una enorme nube alrededor del planeta. No se vería la luz del sol por un tiempo indefinido y todas las plantas y animales dejarían de existir. Sería como una noche perpetua. El que quisiese ir a ver a la mujer del prójimo para que ella le hiciese lo que se le viniese en gana, lo podría hacer sin que nadie lo viese. Además la inmensa radioactividad acumulada en esa nube global caería sobre la tierra y contaminaría a los seres humanos. Acuérdese de Chernobyl... No habría nada para comer ni beber. Hasta los caballos de los jinetes del Apocalipsis se quedarían con sed y sin pasto para comer. Permanecerían quietos, relinchando y resoplando, tratando de escarbar en el suelo con uno de sus cascos, en espera de que todos terminasen de morir. En corto lapso toda la humanidad habría dejado de existir.
BERNARDO: ¿Toda la humanidad?
ORESTES: Así como me está escuchando. Ignotum per ignotius. Hasta ahí habría llegado la múcura... La múcura está en el suelo y mamá no puedo con ella... Ay, mamá, no puedo con ella...
BERNARDO: ¿No quedaría ni un solo Homo Sapiens escondido por algún lugar?
ORESTES: Probablemente no. A todas las especies les llega su término y ese sería el acabamiento del Homo Sapiens con todas sus virtudes y todos sus vicios. Así habríamos llegado al final de la historia universal sin haber encontrado aún la mejor manera de gobernar a nuestra sociedad política y sin haber respondido a todas las preguntas con las que constantemente nos quedamos perplejos.
BERNARDO: Eso parece ser lo más lamentable. ¿Podría esta explosión producir un Invierno Nuclear?
ORESTES: Se necesitan cien megatones para producirlo.
BERNARDO: El de esta ciudad sólo es de veinte.
ORESTES: Así es. Pero si alguien hace estallar una de estas bombas habría una reacción que podría ser de más megatones. No creo que ninguna nación se quedaría sin responder; salvo que no tuviese con qué hacerlo. Si se produjese un intercambio nuclear entre varios países, sobre todo si un demente medio borracho, por presumir y por hacer alarde, lanzase un misil perdido para que cayese por donde fuese como si se tratase de un petardo de feria de pueblo, entonces se podrían acumular cien o más megatones y la llegada del Invierno Nuclear sería inevitable.
BERNARDO: Eso es absurdo; pero, ¿podría realmente suceder eso?
ORESTES: Eso va a suceder. No tenga la menor duda. Tarde o temprano sucederá. Lo único que podemos hacer es evitarlo, diferirlo o demorarlo por el tiempo más prolongado que podamos. Estuvo predicho desde el momento en que un ser humano muy velludo levantó una piedra enorme para lanzársela a un semejante que le estaba mirando a la hembra con mucha excitación. Ahora lanzamos misiles nucleares. Todo esto está incluído en las Sagradas Escrituras y en el sentido común de las gentes. Ya estamos muy cerca del acosmismo y del nihilismo...
BERNARDO: Perdone; pero ¿qué es el acosmismo?
ORESTES: ¿No lo sabe? Oiga... Tiene usted que regresar a clases y revisar sus notas de filosofía... Un revolucionario que no está preparado y que no sabe bien su teoría es presa fácil del adversario en el campo de batalla... Hay dos clases de revolucionarios: el bueno y el mediocre. El bueno es el que está bien formado doctrinal y militarmente. Es el que puede dar una explicación detallada de las armas que porta y el que puede intuir de antemano la estrategia y la táctica del adversario; al mismo tiempo puede escribir un poema o redactar un brillante ensayo filosófico-sociológico. Ese puede presentar una buena batalla y puede triunfar. Al otro, al que no tiene convicción y no está preparado, el enemigo se lo engulle y lo mastica y escupe sus pedacitos ensangrentados entre los árboles.
BERNARDO: ¿Cree usted que siempre habrán revolucionarios?
ORESTES: ¡Qué preguntas son ésas! Por supuesto que siempre habrán revolucionarios, cualquiera que sea la época, porque el espíritu revolucionario es parte de la naturaleza humana. Continuamente habrá una razón o una causa que llamará a la acción al joven revolucionario del momento.
BERNARDO: ¿Qué decía acerca de las Sagradas Escrituras?
ORESTES: Decía que ya estamos muy cerca del acosmismo y del nihilismo total. Lo que no se sabe es el momento. Las manecillas del reloj ya están girando y sólo es cuestión de tiempo. Estos misiles nucleares ya están emplazados apuntando a los respectivos oponentes. Todos quieren tener su propia bomba atómica para provocar miedo y amenazar al país vecino. Es como si a varios niños buscapleitos se les diesen revólveres cargados para que jugasen a tirarse al blanco los unos a los otros y a ver qué pasa. Quizás ellos actuarían con más sensatez. Los niños muchas veces tienen un sentido común más grande que los adultos. Les podríamos dar unos caballitos de madera para que montasen y jugasen a los cuatro jinetes del Apocalipsis; pero tendrían más cordura.
BERNARDO: ¿No es acaso tiempo de llevar a cabo un desarme nuclear?
ORESTES: Lo es; pero nadie quiere desarmarse para no perder la seguridad o superioridad que han alcanzado con estas armas. Es como si las grandes potencias hubiesen conseguido un juguete maravilloso que no les gustaría perder... Y es que el Homo Sapiens a pesar de haber creado una civilización muy avanzada, que puede inquirir al mismo tiempo en los extremos del universo y en las intimidades del átomo, sigue siendo un ser viviente muy inmaduro... Cuando se habla de desarmes todos los gobernantes se comportan como Maquiavelo. Se hacen los desentendidos como si la cosa no fuese con ellos o como si la hecatombe no los iría a alcanzar. "Sí, estoy de acuerdo en que se lleve a cabo un desarme," dicen. "Pero que se desarmen los demás. ¿Por que me voy a desarmar yo? A mí me gusta tener mis bombas en los bolsillos." Es increíble como la gente puede razonar en momentos tan peligrosos... La epistemología sentencia que sus pensamientos no son verdaderos; empero como decía, solo falta apretar el botón detonador. Además hay líderes enajenados y enanos dementes y rabiosos que no tendrían ningún reparo en apretarlo con tal de salirse con las suyas aunque perdiesen la vida en el intento porque, según ellos se estarían inmolando por sus ideales.
BERNARDO: ¿Inmolando por sus ideales? ¿A tanta imbecilidad pueden llegar estos líderes?
ORESTES: A tanta y a peor. Esa es la más grande de las estulticias... El ideal de un solo individuo es más importante para él que la sobrevivencia de toda la humanidad.
BERNARDO: ¿Por qué mejor no se va a un rincón y mirando a la pared se pega un tiro dentro de la boca diciendo que lo hace por su patria y por sus ideales?
ORESTES: Está usted aprendiendo; se nota, se nota...
BERNARDO: ¿Qué se podría hacer entonces?
ORESTES: Lo que podemos hacer es ya harto conocido; pero a pesar de eso no actuamos porque estamos paralizados por nuestra abulia natural. ¿Se da cuenta que esto es también parte de nuestra estulticia? Nuestra dificultad no radica en no saber que hacer porque eso lo sabemos muy bien. Nuestro dilema consiste en no hacer lo que sabemos que tenemos que hacer. De todos modos mencionaré algo que es muy obvio y que ya se sabe hasta la saciedad. En primer lugar hay que usar más madurez para resolver pacíficamente nuestros conflictos en vez de acudir ciegamente al método primitivo de la guerra en nombre de nuestros patriotismos y de nuestras dignidades nacionales. Segundo, todos deberían de deshacerse de sus armas nucleares, sin excepción. Hay que dejar de posar como Maquiavelos porque el Invierno Nuclear no discrimina. Afecta a todos. Tercero, hay que detener del modo que fuese posible a todo demente fanático que amenace con usar armas de este tipo. Pueden haber otras soluciones; pero lo importante es empezar de una vez. Para esto no hay necesidad de escribir fórmulas matemáticas. Lo que se tiene que hacer hay que hacerlo inmediatamente.

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