Thursday, December 29, 2011

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CARTA A SARA BEATRIZ GUARDIA
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Mi querida Sara Beatriz:

          Hoy, después del desayuno, mientras colocaba un plato de loza dentro de la lavadora recordé que los españoles que ocuparon la ciudad de Lima en el siglo XVII también habían usado escudillas similares, probablemente más finas y mejor decoradas, porque durante esa época acostumbraban a traer sus vajillas desde el lejano Oriente. Para tanto y para más daban las encomiendas.

          Pensé que al tocar las fuentes, las tazas y los jarros, ellos habían sentido lo que nosotros percibimos, incluyendo las emociones y pasiones, porque la humanidad fue la misma. Un trago de agua traída por cañerías desde el manantial de Cacahuasi hasta la Caja de Agua de Santo Tomás era idéntico al trago de agua que yo bebí durante mi infancia. Igual tenía que suceder con el sabor de un buen sancochado o un cocido madrileño, con un beso de la mujer amada antes de entrar al ruedo, con la profunda apacibilidad que se siente al recibir el Santo Sacramento, con la ira que despierta una injuria y con la dureza de la empuñadura de la espada al empezar el duelo.

          Pero no quedó ningún testimonio. Porque no se puede dejar una atestación si no se la escribe o se la registra de algún modo. También padecieron el miedo que aparece al estar próximos a la muerte en una cama del hospital de San Andrés, con la respiración estertorosa de la agonía y luego, durante el último instante, cuando se cae en la inconsciencia antes de ser envueltos en una mortaja blanca y ser cargados por la calle por dos ayudantes indios hasta el campo santo de la iglesia de Santa Ana.
          En la época de Santa Rosa y de San Martín de Porres, el cementerio quedaba dentro de la iglesia donde ahora se encuentran las bancas con los reclinatorios. Se alquilaba una sepultura por el lapso de doce meses. Si había dinero los deudos renovaban el alquiler por más tiempo. Cuando ya no podían pagar más los enterradores removían los huesos y preparaban el terreno para recibir a un nuevo difunto. Tal como sucede en el Acto V, escena I de Hamlet, en que los enterradores sacan la calavera de Yorick y el príncipe danés reflexiona sobre la fragilidad de la vida.

          Los más ricos se hacían enterrar alrededor del altar. Hubo un ricachón que tenía unas papadas enormes alrededor del cuello y una pierna vendada todo el tiempo porque sufría de gota, que se vestía como el microscopista Antonie van Leeuwenhoek y que quizo ser enterrado debajo del altar, para estar muy cerca de Dios. Para esto triplicó la suma de la renta anual y puso en la mesa suficiente cantidad de dinero como para que el alquiler durara un siglo. Pero el santo jesuita que hacía las misas se indignó con tal propuesta y ordenó al sacristán y a sus asistentes que lo arrojaran a la calle y lo dejaran tirado a vista y paciencia de todos, muy cerca de lo que es hoy en día la Plaza Italia o Plaza Raymondi, con su vestidura parda y su peluca rubia, larga y ondulada como las que usaban los aristócratas franceses del siglo XVII. Sólo después de las gestiones del Arzobispo de Lima y las recomendaciones del Virrey se ordenó al noble religioso que permitiese un enterramiento que estuviese lo más cerca posible del altar, distancia que fue medida con la cinta métrica de un sastre andaluz. La suma ofrecida pasó a los cofres reales. De esa manera el sacristán y sus ayudantes tuvieron que recoger al pesado occiso y rescatarlo de unos gallinazos, de cuello y cabezas negras, que habían abandonado la cúpula de la iglesia y que muy emocionados, abriendo las alas, saltaban a su alrededor con unas ganas de devorarlo de cuerpo entero y lo enterraron en el lugar indicado.

          Durante esa época ingresar a la iglesia para escuchar la Santa Misa, era como entrar a un lugar de pesadillas de los tiempos de Mary Shelley o como meter el pie en el Infierno del Dante, porque habían ceras encendidas y flores secas de los pobres difuntos enterrados por todos lados. Y así, de pie, entre el olor de los sahumerios y los recuerdos de los difuntos había que escuchar la Santa Misa, tratando de no pisar sobre las sepulturas de los que ya habían partido al otro mundo. A los clérigos les gustaba este escenario porque les servía para hacer recordar a la cariacontecida y atemorizada feligresía que la visita a este mundo terrenal era precaria y temporal y que después del venerable sacerdote sólo se encontraba Dios y nadie más que Dios.


          Con un gran abrazo
          Manuel

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LETTER TO SARA BEATRIZ GUARDIA
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Dear Sara Beatriz:

          Today, after breakfast, while placing the stoneware dishes inside the washing machine I realized that the Spaniards who lived in the city of Lima in the XVII century used similar plates, but probably finer and better decorated, because during those times they used to bring them from the Far East. The encomiendas provided for it and for more than that.
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          I thought that when they touched those cups and jugs, they had to feel the same. They had to notice what we perceive, including the emotions and passions, because humanity was alike. The water brought from the Cacahuasi springs to the Water Deposit of Santo Tomas had to be identical to the water I drank during my childhood. The same had to happen with the taste of the sancochado or the cocido madrileño, with the kiss of the beloved woman, with the deep peacefulness felt while receiving the Holy Sacrament, with the wrath raised by an insult and with the hardness of the sword handle before the beginning of a duel.
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          But no testimony had been left about this. Because no attestation can be passed to posterity if it has not been written or registered in some way. They also were aware of the fear that rises when one is dying on a San Andres hospital bed , with the stertorous breathing of the agony and when one plunges into unconsciousness before being wrapped in a white shroud and carried away by two Indian assistants to the cemetery of the Santa Ana Church.
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          During the times of Saint Rose of Lima and Saint Martin de Porres, graveyards were located within the church grounds, where the pews are placed now. A sepulcher was rented for twelve months. If there was enough money the relatives could renew the rent for a longer period of time. When they could not pay anymore, the grave makers removed the bones and prepared the earth to receive a new deceased. As it happens in the Act V, Scene I of Hamlet, when the gravediggers disinter Yorick's skull and the Danish prince reflects over the fragility of life.
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          The rich had themselves buried around the altar. There was an affluent citizen, with a monstrous double-chin and a bandaged leg because he suffered from gout, majestically dressed like the microscopist Antonie van Leeuwenhoek, who wanted to be entombed underneath the altar. To accomplish this, he tripled the sum of the annual rent and put on the table sufficient amount of money for a century lease. But the holy Jesuit, who said the dominical Mass, felt slighted with such a proposal and furiously ordered the altar boy and his assistants to throw him onto the street and leave him there until he would rot, very near to Plaza Italia or Plaza Raymondi, with his brown coat and his blond, long and wavy wig, like the ones used by the French aristocrats of the XVII century. Through the efforts of the Archbishop of Lima and the considerations of the Viceroy, the noble clergyman allowed an interment that was the closest to the altar, with a distance quantified by the measuring tape of an Andalusian tailor. The offered money went into the royal coffers. In that way the altar boy and his assistants lifted the heavy body of the rich merchant and rescued it from the gallinazos which, with their featherless black heads and necks, had descended from the dome of the church and very enthusiastically, opening their wings, were jumping around with the sincere desire of devouring the whole body in one single bite.
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          During that epoch entering the church to attend the holy Mass, was like setting foot in a nightmarish place from the times of Mary Shelley or coming into the Hell of Dante, because there were lighted candles and dry flowers left for the interred people all over the place. Thus, standing up, among the scent of the sahumerios and the memories of the ones who had gone belly up, the parishioners had to listen to the religious services, trying not to step on the graves of the departed. The ecclesiastics liked this scenario because it helped them in reminding the churchgoers that the visit to this world was only temporary and that after the priest there was only one God and nothing else but one God.
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          Wishing you the best,
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          Manuel



Sunday, December 25, 2011

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"Lo único incambiable que conozco es que todo tiempo presente es cambiable.
No existe tiempo presente que mañana no será diferente."
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"The only unchangeable fact that I know is that all present time is changeable.

There is no present time that will not be different tomorrow. "
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Manuel Lasso
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A dead white whale... A dead white whale washed out on a Plymouth beach to the surprise of the party goers and the...