Friday, October 12, 2012









EL CARNICERO DE LYON, EN CASTELLANO, YA SE ENCUENTRA A LA VENTA





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"Desde el inicio de esta novela extraordinaria, los elementos reales utilizados durante el régimen nazi están presentes, y casi como una irrealidad que toca una cruda realidad con descripciones perfectas nos lleva a revivir esos momentos terribles con frases como "Ein Fürher, ein Volk, ein Estate", y la Blitzkrieg de las marchas militares. Esta novela está llena de secuencias ricas que nos llevan a seguir leyendo como si se tratara de una película revelada que nos rodea y va tocando todos nuestros sentidos. Jean Yves, el hombre torturado y las descripciones de los demás están bien hechas con la voz y el habla de Hitler en el fondo, o la Marseillaise en las voces de los prisioneros cuando hubieron compañeros que resistieron sin dar ninguna información. Es inolvidable el capítulo 9, la creación de Manuel, la situación en la que se enfrenta el teniente Klaus con los loros cuando estos hablan: "Camarade ... a quelle heur part l'train pour Auschwitz. Mort a Hitler! "

La evacuación de Lyon está muy bien narrada como el mensaje profundo hecho a los autores de horrores en el capítulo 11.

La explicación de la situación de las mujeres durante el avance del ejército ruso fue efecto de la guerra. Hay una rica descripción de personajes importantes durante el exilio de Klaus en Bolivia y Lima, incluyendo a los republicanos-españoles la Guerra Civil Española, que mantendrá al lector en alerta, sobre todo durante la tortura de Anselmo Sánchez, el final de su vida y los intentos de Manuelita para vengarse. Aunque esta novela se inspira en la realidad las imágenes sugestivas de la captura y el fin de vida de este torturador, el carnicero de Lyon, nunca serán olvidadas de la realidad o de la ficción.
¡Congratulaciones a esta gran novela y a su autor ...!"

-Susana Roberts.
Poeta argentina y universal. Poeta sin fronteras.





"De edición impecable y sorprendente realidad, esta es una historia extraída directamente del corazón de los Condenados, una extraordinaria novela escrita por Manuel Lasso, que muestra el alma del asesino por vocación: Klaus Barbie, el carnicero de Lyon...

Esta gran novela, que se convertirá en un hito en la literatura de la defensa de los derechos humanos, se despliega durante el período de la ocupación nazi de Francia. Comienza en L'Ecole de Santé Militaire, cerca del Ródano, en el Hotel Terminus. La intensa atmósfera wagneriana que es apropiada para un teatro musical, Die Walküre, que por desgracia fue incautada por el totalitarismo socialista, en este caso los nazis, contribuye enormemente a crear el ambiente de esta obra. Wagner fue movido siempre por la lucha entre el bien y el mal. Cualquier obra wagneriana expresa esa lucha, el drama del hombre que debe elegir entre el bien y el mal...

Después de leer este libro, me quedé con un sentimiento de gran felicidad y con la percepción de que había sido encantado por una gran novela en la que el lector se ríe y se ríe y se sigue riendo, con un humor que fluye libremente, como propulsado por un genio cómico, dejando en la página escenas hermosas como si fuesen perlas en un inmenso desierto. Por lo tanto, al final de la novela nos quedamos con la sensación de que estamos presenciando el surgimiento de un nuevo maestro de las letras."

-Manuel Gutiérrez Sousa.
Filósofo, poeta y novelista. Autor de "Así me dijo Arturo",
"Raíles de Quimeras" y "Los Hijos del Orden."






COMENTARIOS

 
"Esta novela revive la densa atmósfera y uno de los momentos más trágicos del siglo XX... No se limita a este recurso narrativo. Cuando el lector se ha acostumbrado a esa visualidad del inicio, la narración comenzará a introducir fuertes elementos surrealistas, lo cual, quizás, expresa mejor no sólo la realidad histórica aludida sino la imaginación creativa de Lasso."

- Jorge Majfud, PhD, Jacksonville, Florida


 

"Este libro es impresionante. Desde el principio el lector queda asido por el relato... describiendo la criminal e inhumana conducta de los ocupantes Nazis de Lyon... en imágenes surrealistas escritas a la perfección que hacen de este libro, una pieza literaria ejemplar. Es un libro que se lee sin parar y casi sin apartar la mente de él. Lo recomiendo fervientemente."


- Prof. Emérito Dr. Ernesto Kahan. Facultad de Medicina.
Univ. Tel Aviv. Israel

 


“El carnicero de Lyon me atrapó por su fluidez y vertiginosidad cuasi cinematográfica y por su investigación y construcción sin dudas profunda y admirable. Puedo aseverar que solo la creatividad en su expresión más plena, puede dar cuenta de estos aconteceres históricos traumáticos. Auguro una recepcion muy favorable para esta novela."


- Dr. Miguel Angel de Boer
Comodoro, Rivadavia, Chubut, Argentina








(Fragmento de novela)


LA CAPTURA DE LYON


Los soldados de la Wehrmacht, con filudas dagas al cinto y cantimploras llenas de agua al hombro, gritando “Vorwärts, immer vorwärts!” (¡Adelante, siempre adelante!), ocuparon el hotel Royal de la Place Bellecour de Lyon con la misma eficiencia con la que capturaron el Arco del Triunfo en París.

Varias horas después, pelotones inacabables de soldados nazis jóvenes, todavía adolescentes, con cartas de sus madres en los bolsillos, cargando lanzallamas en la espalda, marcharon ordenadamente frente a una inquieta multitud Lyonesa que los observó en silencio a lo largo de la rue de la Barre. Algunos de los soldados, los más veteranos, pasaron en motocicletas rugientes. Tenían los rostros polvorientos y los binoculares colgándoles del cuello. Un niño bien peinado, de cinco años, llevando una pequeña bandera negra, le disparó a uno de ellos con la punta de un dedo: “¡Bam, bam, bam!” El soldado alemán se detuvo lentamente y con mucha calma se dio la media vuelta con su estremecedora motocicleta BMW R75, sosteniéndose con un pie extendido y regresó haciendo sentir el olor desagradable del humo de su máquina de 750 cc. Al ver que sólo se trataba de un chiquitín que le disparaba con su dedo índice sonrió, le dijo “Netter Junge!” (¡Buen niño!), hizo un movimiento de retroceso con su muñeca derecha y prosiguió su marcha al lado de las otras estruendosas motocicletas.

Los combatientes de la división de infantería alemana avanzaron por las calles de Lyon, con los fusiles al hombro, marchando sobre el empedrado con pasos resonantes, al compás de la marcha militar Blitzkrieg. Siguieron a los cañones de la artillería, cubiertos por redes pardas y sucias, que eran tirados por un gran número de mulas nazis muy disciplinadas y obedientes.

Con sus orugas moviéndose constantemente, los tanques Tiger I aparecieron repentinamente, haciendo girar lentamente, de un lado a otro, sus cañones de 88 mm. Los levantaron y los bajaron, a veces apuntando a la multitud, que protestó en contra de estas provocadoras acciones con ofendidos murmullos y comentarios ácidos. También apuntaron con sus cañones a las torres de la Fourvière Basilica y al Roman Ampythéâtre. Habían tanques por todos lados, moviéndose en muchas direcciones. Por un momento pareció que todos los tanques Panzer de la Alemania Nazi se habían congregado en la ciudad de Lyon.

Los soldados, con sus pesados cascos M-42 y correas de cuero con hebillas amarradas debajo del mentón, trajeron gran cantidad de balas Mausermunition, en pesados cajones, que fueron depositando sobre el empedrado. Los oficiales germanos aseguraron el acceso a los puentes del río Saône y del río Rhône colocando tanques en las entradas y ametralladoras con trípodes y cinturones de 150 balas cada uno, en las orillas de los ríos. Los habitantes de Lyon no pudieron hacer nada acerca de la ocupación. Había ocurrido sin el consentimiento de ellos y expresaron el descontento de una manera simbólica. Cuando los soldados alemanes pasaron marchando frente a ellos, cantando el Horst Wessel y levantando las botas lo más alto que pudieron, los civiles se voltearon para mostrarles las espaldas.

Durante esos días algo peculiar e inolvidable sucedió en la Place Bellecour donde se estacionaron coches armados con ametralladoras. Un joven soldado de la Wehrmacht, casi un mozalbete, se detuvo frente al monumento de Louis XIV e hizo chocar sus talones. Gallardamente levantó un brazo hacia adelante y observó con detenimiento la corona de laureles, la túnica, las sandalias y la espada corta de la estatua de bronce del monarca, representado como un emperador romano, contrastando con el cielo azul de Lyon. Con mucha seriedad puso los ojos en las patas musculosas y los crines gruesos del caballo. En seguida entonó suavemente la primera estrofa del Horst Wessel. Con su fusil G43 al hombro y una granada de palo atravesada en el cinto, mirando a la estatua verde con reverencia, prosiguió con la segunda estrofa, sin mover el cuerpo y manteniendo los talones muy juntos. En ese instante una bomba colocada por un miembro de la Resistencia Francesa estalló con un sonido estruendoso y el soldado alemán voló en pedazos. Todos vieron sus porciones y su casco esparciéndose delante de una inmensa bola de fuego amarilla. Luego observaron, en medio del humo blanco y del olor a pólvora, los pedacitos del uniforme gris azulino cayendo suavemente sobre el empedrado.

Casi inmediatamente un oficial de la S.S. dio órdenes y varios soldados salieron, al paso ligero, por las calles colindantes y arrestaron a las primeras veinte personas que encontraron. Las trajeron a empujones, con los brazos en alto y las colocaron de pie, muy juntas, frente al pedestal de la estatua de Louis XIV. Luego las acribillaron con sus ametralladoras. En un instante los veinte prisioneros quedaron derribados, convertidos en un montón de cuerpos, en el mismo lugar donde había volado en pedazos el soldado que había intentado cantar el Horst Wessel al monarca francés.

Al amanecer, las tropas capturaron el hotel Terminus. Exclamando repetidamente “Sturm Lyon!” (¡Atacad Lyon!) y disparando incesantemente con sus ametralladoras ligeras Schmeisser, lo tomaron por asalto, como si estuviesen llevando a cabo otra Blitzkrieg en Polonia, aunque dentro del edificio no había nadie armado, ni siquiera con un alfiler. Muy rápidamente ocuparon el foyer del hotel apuntando con sus armas a los ocupantes. Una ruidosa motocicleta 1931 con un sidecar de dos piezas entró al foyer y dio varias vueltas con gran estridencia. Al detenerse, un teniente de la S.D. descendió del vehículo. Tambaleó y cojeó un poco por un instante. Luego permaneció de pie mirando a los ocupantes. Los aterrados trabajadores con las manos levantadas se mantuvieron sin moverse.

El hotel Terminus tenía la esplendorosa apariencia del siglo XIX. Estaba decorado con un estilo similar al de la Belle Époque. Tenía paneles, espejos y frescos pompeyanos cubriendo las paredes. Los pasamanos de las elegantes escaleras estaban cuidadosamente bruñidos. La intensa luz de los candelabros iluminaba las botas negras bien lustradas de los soldados que subían por las gradas alfombradas. En el foyer había siempre una orquesta de cámara, con atriles y partituras, tocando melodías de Strauss, Vivaldi o Verdi. En esa particular ocasión estaban interpretando el Brandenburg Concerto No. 6 de Bach.

Desde las ventanas del hotel era posible ver el Cours de Verdún y la congestionada estación del tren de Perrache con sus coches verdes y sus locomotoras negras con ornamentos dorados, silbando intermitentemente y soltando el hollín y el humo negro de sus chimeneas. En el hotel Terminus la Gestapo estableció su cuartel general.

Sorprendentemente alguien había colocado en el techo una enorme bandera roja con una hakenkreus negra en el centro de un círculo blanco. También, alguien había sido lo suficientemente diligente como para poner un disco en el fonógrafo del mostrador. La estruendosa voz de Hitler resonó por los altavoces, con ecos, dando uno de sus discursos de Berlín.

El teniente con sus guantes de cuero nuevos, se movió lentamante prestando atención a la alocución. Bajo de estatura y robusto, llevaba un abrigo de cuero negro, tan largo que por momentos parecía que lo arrastraba por el piso. En el cinto cargaba una Welther Pistolen P38. Su gorra tenía una insignia del partido y una visera negra sin adornos. Con una mirada fríamente reflexiva y un gesto desdeñoso quería dar la impresión de que era un general del Tercer Reich, como Martin Bormann o Rudolf Hess, escuchando a su jefe supremo. Cuando terminó la vehemente arenga, buscó en todo el edificio un lugar que le sirviese de despacho. Lo encontró en el tercer piso, en la suite 68.

Al ingresar a la habitación el teniente percibió el agradable aroma de un perfume y vió en el brillante espejo del techo su imagen nítida y la de sus hombres. Ordenó retirar los muebles y los soldados salieron y entraron apresurados sacando camas y sillones hasta que el aposento quedó vacío. El teniente apuntó con un dedo a una bacinica de porcelana que había quedado en el centro de la habitación y alguien la recogió y se la llevó. Luego mandó descolgar las cortinas polvorientas y los paneles antiguos. Hizo arrancar los relucientes espejos del techo. Sus hombres trajeron un escritorio de nogal y varias sillas. Colocaron encima tinteros, plumas y un secante de papel rosado con rasgos de tinta antigua. Después trajeron sellos de mangos redondos, dos fustas y una picana eléctrica.

Dando pasos muy cortos y rápidos por el esfuerzo, cuatro soldados arribaron cargando un inmenso cuadro de Hitler, tan pesado que parecía caérseles de las manos. El teniente, levantando la visera de su gorra, dispuso que lo colgaran detrás de su escritorio. En el gran retrato de marco dorado se veía al Führer, con el uniforme militar del partido, con la esvástica en un brazo, un mechón de cabellos negros sobre la frente y una de sus manos rascando su cadera.

El teniente ordenó colocar más fotografías de Hitler, de todos los tamaños, en blanco y negro o en color sepia, en las otras habitaciones y corredores del hotel Terminus. Se le debía de tener presente en todo momento. Las acomodaron hasta en los baños, muy cerca de los lavabos de losa, de los excusados y de los rollos de papel higiénico. Allí quedaron por mucho tiempo hasta que una mañana los retratos del Führer aparecieron manchados. Aparentemente alguien había garabateado sobre ellos las palabras “Heil Hitler!” Alarmado el teniente decidió removerlos de los baños. Los hizo limpiar y los hizo colgar en otros lugares donde nadie los pudiese alcanzar.

Por esos días corrió el rumor de que uno de los tanques que vigilaba el puente del río Saône había amanecido con una gran swastika negra pintada en uno de los costados de la torreta. No se supo como ni cuando había sucedido esto; pero todos intuían que tenía que haber sido un audaz miembro de la Resistencia Francesa. Temeroso de que alguien enmugreciese el gran cuadro de Hitler que tenía en su despacho y le pusiese swastikas como aspas en toda la superficie, el teniente ordenó que se vigilara el recinto de día y de noche.

Durante ese fin de semana un joven teutón que estaba de guardia se levantó impensadamente del sillón donde se encontraba, se quitó el casco y acomodó la culata de su fusil en un hombro. Apuntó hacia el rostro del Führer. Lo contempló fríamente con sus ojos azules. Cerró un párpado y observó fijamente por la mira el bigote negro y la pequeña reflexión de luz en uno de sus ojos. Se quedó así por unos instantes. Luego lentamente descendió el fusil y se volvió a sentar en el sillón de cuero. Con sus dedos grasientos, continuó comiendo su Fränkische bratwurst, quemado y pálido, con sauerkraut...

     
 

             

1 comment:

José Repiso said...

Manuel:

Te admiro por ese continuo ser fiel a ti mismo y humildemente aspirar a logros humildes en esta sociedad tan interesada por lo contrario.
Gracias, tu libro ya es una postura auténtica muy personal de contrarréplica a toda esta sociedad en crisis de valores.
Tienes pasión por reclamar ciertas atenciones humanas en este libro.

Ten paciencia y adelante

abrazos

José Repiso Moyano

http://delsentidocritico.blogspot.com.es/

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