Friday, December 25, 2015












POEMA XLVI DE TRILCE
by César Vallejo
La tarde cocinera se detiene
ante la mesa donde tú comiste: 
y muerta de hambre tu memoria viene 
sin probar ni agua de lo puro triste. 
Mas, como siempre, tu humildad se aviene 
a que le brinden la bondad más triste. 
Y no quieres gustar, que ves quien viene 
filialmente a la mesa en que comiste. 
La tarde cocinera te suplica 
y te llora en su delantal que aún sórdido 
nos empieza a querer de oírnos tanto. 
Yo hago esfuerzos también, porque no hay 
valor para servirse de estas aves. 
¡Ah! Qué nos vamos a servir ya nada.
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Sobre el poema XLVI de Trilce
Manuel Lasso
       
           En este abril como aquel en que César Vallejo se fue desde su habitación de París, hace más de seis decenios, aniquilado por una fiebre sibilina a la que nadie pudo entender, me gustaría rendir homenaje a su memoria, como quien pasa un bálsamo sobre su sufrimiento final, tratando de descifrar el poema XLVI de Trilce.
        Este poema, aparentemente oscuro y enigmático, que desde su aparición ha sido interpretado de modos diversos, se puede comprender mejor y se nos puede revelar de una manera más sorprendente después de leer el valioso testimonio que nos dejó Juan Espejo Asturrizaga en el libro titulado "Vallejo: itinerario del hombre".
          En este manantial de información nos enteramos que en 1918, en los tiempos en que todavía se enseñaba con la palmeta en la mano, Vallejo trabajaba como profesor de educación primaria en la escuela Barros de la ciudad de Lima. En esa época, sediento por compenetrarse con otras almas literarias ya había acudido a la Biblioteca Nacional para conocer al anciano Manuel González Prada, a quien encontró humedeciendo un dedo en una copa de agua para adherir un sello a su correspondencia. Con anterioridad Vallejo había visitado a José María Euguren en el balneario de Barranco. El poeta lo recibió muy afablemente y le mostró una colección de fotografías azulinas y pardas que había tomado con una cámara de su invención a una soprano conocida y a un saltimbanqui de playa y que guardaba encoladas en un álbum de tapas de cuero.
         Estaba por concluir la Primera Guerra Mundial, aquella conflagración de zanjas impregnadas de gases venenosos y rebozantes de combatientes caídos. Mientras que en Europa, soldados alemanes y franceses corrían con fusiles en mano, de una trinchera a la otra, entre explosiones, cortando alambrados y esquivando las balas de las ametralladoras, en la ciudad de Lima, César Vallejo tenía que eludir las miradas ardientes que le enviaba una muchacha morocha y agraciada que se llamaba Otilia y que vivía en la calle Maravillas.
          Rápidamente se convirtieron en amantes. Sobre ella existen varias referencias en Trilce. El amoroso Vallejo solía sacarla a pasear los domingos por la tarde. Se iban platicando por la Bajada de Santa Clara y al llegar a la esquina de la Escuela de Bellas Artes continuaban por la calle San Ildefonso. Vallejo avanzaba lentamente con un terno azul marino apretado, una camisa blanca de cuello almidonado, probablemente planchado por Otilia y una menuda corbata bermellona. Empuñaba un bastón charolado de punta metálica que llevaba más por adorno que por necesidad. Ese sería el bastón con el que, posteriormente, se tomaría una fotografía apoyando el mentón sobre una mano. A su lado iba ella con su mirada traviesa y con la cabeza cubierta por un sombrerito negro y redondo.
          Después de pasar por el puente Balta se detenían en un lugar donde vendían comida. Casi muertos de hambre se sentaban a una mesa rústica y él dejaba el brillante bastón apoyado en la banca. La cocinera con su delantal, sin poder dejar de oír la conversación y las risas de los amantes, les servía un plato de arroz con pato, esas aves con culantro, exquisitez de la culinaria peruana, con piernas de ave teñidas de verde y adornadas con fragmentos rojos de pimentón. Mientras comían, Otilia escuchaba lo que Vallejo, con el ceño inevitablemente fruncido y con sus ojos tristes e indagantes, le decía.
          Tiempo después, cuando el apasionado romance concluyó Otilia guardó sus prendas íntimas dentro de unas maletas de cuero y se marchó para siempre en un tren que la llevó a su pueblo natal de San Mateo. De nada le sirvieron a Vallejo, para amainar sus sufrimientos, las numerosas cartas que le envió ni la contemplación de las fotografías pardas que guardaba de ella. En un intento ritual de apaciguar el dolor causado por la ausencia de la amada, volvió a recorrer las mismas calles, a la misma hora del domingo, tratando de acordarse de las cosas que le había dicho, hasta llegar a sentarse triste y agotado, a la misma mesa de las suplicantes cocineras con delantal que le volvían a servir el mismo plato de arroz con pato que había saboreado con Otilia. Fue así como en un intento desesperado de aliviar su nostalgia idílica, como abrumado por la ausencia irremediable de la idolatrada, apoyado en un barandal del puente, con el entrecejo arrugado de indio moche, escribió el poema XLVI de Trilce. Regresemos al poema y volvámoslo a leer.
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Saturday, December 5, 2015















                                  NATIVITY
                                                  (Seen with words)


          In a cave in Bethlehem, despite almost complete darkness, by the side of an old clay jar, a brown donkey with a coarse fur and a white snout and two brown oxen with lessened horns, chewing apart gently, shaking their ears and letting out a slight mist from their noses are seen. In a manger full of yellow straw, resting on a rug, a newborn child, with a halo around his head, very serene and peaceful is observed. His belly rises gently  with each breath. Mary, kneeling, with a white robe, a cord around her waist and a blue veil over her head,  with eyes full of tenderness, lifts the tip of the clothe to wrap him. Joseph, son of Jacob, with a black beard, dressed with a dark green tunic is behind her, holding his hands in a prayer position. Two shepherds with their rustic canes observe with curiosity and pleasure. A sound of drums and timbrels along with children voices are heard softly in the distance singing Christmas carols.  The sounds and voices rise slowly until they are nearby and a large group of children enter... rom, pom pom pom... rom, pom pom pom...The baby sobs briefly; then he composes. It is very dark outside. At the Highest, a white light, so intense, is observed.




NAVIDAD
(Vista con palabras)

          En una cueva de Belén, a pesar de la oscuridad, se ve al lado de un viejo cántaro de arcilla, un asno pardo oscuro de pelaje tosco y hocico blanco y dos bueyes castaños de cuernos rebajados, masticando suavemente, sacudiendo las orejas y soltando un leve vaho por la nariz. Sobre un comedero de animales lleno de abundante paja amarilla descansa un niño recién nacido con una aureola en la cabeza, reposando muy sereno y tranquilo. Su barriga se eleva delicadamente con cada respiración. De rodillas María, con túnica blanca ajustada en la cintura con un cordón y un velo azul en la cabeza, con ojos de ternura, levanta la punta de la sabanilla para envolverlo. José, hijo de Jacobo, de barba y ojos negros, con un vestido verde oscuro, se encuentra detrás de ella mirando de reojo; tiene las manos en la posición de orar. Delante de la pared rocosa dos pastores con sus bastones observan con curiosidad y beneplácito. Un sonido de panderetas y tambores, junto con voces infantiles cantando villancicos, se escucha muy suavemente en la lejanía. Los sonidos y las voces van en aumento hasta que se las oyen muy cerca  y un grupo numeroso de niños pastores ingresa poco a poco... rom pom pom pom, rom pom pom pom... El niño solloza momentaneamente; luego se calma. Afuera todo está muy oscuro. En las Alturas, una luz blanca, muy  intensa.

                                          





¡Feliz Navidad y un Año Nuevo lleno de progresos!
Merry Christmas and a prosperous New Year!





Manuel Lasso
y
El danzarín de las Fiestas del Tayta Shanti


Desde la esquina de la Casa de la Moneda








El odio nunca curó al odio. Es el amor el que lo alivia; el gesto noble, la mano amiga... . Hatred never healed hatred. It is love...