November 03, 2019






















                                   "Joy of my heart, when are you coming?
                             To wipe my tears that never cease falling.
                             Dark-sunken eyes, humiliated by night,
                             Watching the night pass, with shred of fright".




REMEMBERING 
MILAFLOR B. NAVARRO



A los dos meses de su partida.
After two months of her departure.

August 27, 2019




by NONOY

October 17, 2017



















Wishing that world peace would be not only for one day, but for the rest of humanity's existence. Wars will continue because it will be impossible to contain them. There will always be an insensate who will wish to initiate itBut our efforts for nations to continue living in peace will remain firm and unbeatable.
  

Manuel Lasso

Lima. Peru






September 02, 2017

















La venganza de Pushkin
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     La mayor calamidad que le puede suceder a un escritor es perder la vida siendo aún muy joven, y no poder continuar con su creación literaria. Así le sucedió a John Keats, quien, sin quererlo ni desearlo, murió tosiendo, agobiado por la tisis al igual que La Dama de las Camelias, y a Christopher Marlowe, quien falleció apuñalado, en medio de un penetrante olor a cerveza, durante una violenta y veloz bronca de salón.
     Por dicha razón siempre me ha conmovido la historia de Aleksander Pushkin. Innumerables veces he meditado sobre su muerte prematura e invariablemente he llegado a la misma conclusión. No se le permitió seguir viviendo para concluir su obra artística.
     Se sabe que el barón Georges d’Anthes, un erotómano, exiliado, al servicio del ejército ruso imperial, como lo hizo Rodolfo Boulanger, el acaudalado amante de Madame Bovary, se obsesionó con la idea de seducir a la esposa de Pushkin. La asedió por largo tiempo con sus emanaciones de agua florida, sus poses militares y sus versos de Ronsard. Luego de conseguirlo afrentó más al poeta insultándolo de la peor manera y no dejó otra alternativa que la reparación de la injuria con un duelo a muerte.
     Puedo imaginarme lo que habría pasado por la atormentada mente de Pushkin durante esos momentos. Estoy convencido de que le habría deleitado mucho quitarle la vida a su contrincante; pero el ofensor terminó eliminándolo a él. Y Pushkin falleció, a los 38 años de edad, después de varios días de agonía, tras recibir un balazo en el abdomen. Murió infeliz y frustrado al no poder castigar a su rival, a quien sólo hirió levemente.
     Cuando vi el chaleco negro, con su hilera de botoncitos brillantes, que llevaba puesto al ser herido por d’Anthes, el sofá castaño sobre el que lo recostaron ya inconsciente y con la frente sudorosa y fría, el antiguo reloj de números romanos cuyas manecillas se detuvieron en el momento de su muerte y el sketch a carbón que le hizo Fiodor Bruni una vez que ya estaba acomodado dentro de su ataúd, me pareció ver la imagen de un hermano caído, víctima de una gran injusticia. Entonces comprendí que debió de haberse llevado con él un gran sentimiento de frustración al no poder vengar la ofensa que la lujuriosa obsesión de d’Anthes había ocasionado en contra de su persona.
     En ese momento pude intuir lo que Pushkin sentía. Fue como si su dolor personal se hubiese transferido a mi mente; como si su espíritu se hubiese posesionado gradualmente de mí. Todo sucedió lenta y pausadamente. Primero sentí el gran deseo de conocer su obra. Fueron muchos los días que pasé en la biblioteca leyendo Eugene Onegin, Boris Godunov y sus innumerables cuentos y poemas. Luego me interesé por su vida; leí sus biografías, vi los retratos al óleo que le hicieron cuando residía en Moscú y me enteré de todo lo que le había ocurrido. Entonces vino la indignación inmensa, como si lo que le había pasado a él me hubiese acontecido a mí. Ahora tengo sus emociones, sus celos, sus pensamientos y sus inclinaciones. Tengo también su odio, que a primera vista parecería ser inexplicable; pero siento un inmenso desprecio por el barón d’Anthes. Si lo pudiese ver me acordaría del chaleco negro de Pushkin y le vaciaría en el pecho todas las balas de mi revólver de bolsillo antes de que él se diese cuenta; pero un caballero no puede actuar de ese modo y más bien tiene que hallar la solución de sus conflictos en la magnanimidad de un duelo. Por esa razón lo busco.
     Si yo hubiese estado en San Petersburgo después de su fallecimiento hubiese intentado lograr lo que Pushkin no pudo. Hubiese rastreado al barón d’Anthes por toda la ciudad hasta encontrarlo y retarlo. No tengo la menor duda de que lo habría hallado en alguna reunión de la gran sociedad rusa, en algún salón de baile lleno de candelabros y de mucamos con bandejas de plata repletas de copas. En medio de las damas de la aristocracia y de las parejas que pasaban bailando, me hubiese acercado a él; hubiese hecho todo lo posible por aproximarme a su oído y le hubiese susurrado, con la mayor calma posible, el peor de los insultos. Entonces el barón d’Anthes, completamente ruborizado, con el cuello cerrado de su casaca militar y sus charreteras doradas, me habría abofeteado haciendo salpicar el champagne burbujeante de mi copa y habría caído en la trampa. Nos habríamos llevado las manos a las armas. Se hubiese producido una gran conmoción y las damas con sus vestidos de seda se habrían llevado los pañuelitos perfumados a las bocas soltando exclamaciones de angustia. Yo muy ofendido le habría dicho al barón que eso no se podía quedar así, que tendríamos que arreglarlo en un duelo. Con mi guante blanco le habría golpeado el rostro.
     Estoy convencido de que el lascivo injuriador habría parpadeado; habría empalidecido y no habría cabido en sí de furia. Me habría mirado con sus ojos azules llenos de un odio incontenible. Pero no habríamos salido de esa reunión sin asegurarnos uno al otro que en pocas horas nos volveríamos a encontrar para batirnos.
     A continuación, yo habría ido al encuentro de Natalya Nicolayevna Goncharova, la esposa de Pushkin, hermosísima mujer aunque adolescente todavía, que habría estado pálida y aterrada entre los demás invitados, mirándome llorosa sin poder comprender lo que estaba ocurriendo. Tal vez me la hubiese imaginado en los brazos de d’Anthes y una amargura me habría hecho temblar un labio. Haciéndole una profunda reverencia le hubiese dado mis más sinceros parabienes y me hubiese despedido. Ella habría quedado mirándome desconcertada como si hiciese esfuerzos por reconocer a alguien. La habría dejado murmurando suavemente: “¿Aleksander..? ¿Aleksander..?”.
     Me habría ido muy contento al ver que mi plan estaría funcionando tal como lo había concebido desde un principio y muy feliz al saber que mis intenciones estaban muy próximas a cumplirse.
     Luego me habría dirigido a la casa de mi padrino. Tras percibir en su habitación el fuerte olor a bálsamo de eucalipto y a otros linimentos lo hubiese despertado con un candelero en la mano y lo hubiese sacado de la cama, soñoliento, con su cabellera canosa y desordenada. Le habría contado acerca de lo sucedido y le habría suplicado que se encargase de los detalles de la consumación de la ceremonia. Como era su costumbre se habría colocado los espejuelos brillantes y mirándome fijamente por encima de ellos, bostezando, me habría preguntado por la clase de duelo que me gustaría pelear.
     “Un duelo a muerte...”, le habría replicado con excitación. “A pie firme y disparando a voluntad... A veinticinco pasos...”.
     “¡Ese es el más peligroso..!”, me habría respondido él abriendo los ojos con gran preocupación. “Lo pueden matar...”.
     “Hágalo así, mi querido amigo. Pushkin no lo hubiera preferido de otra manera. Además, perder la vida hoy en día no tiene mucha importancia”.
     Me habría retirado a mi domicilio muy contento. Después de beber una copa de brandy me hubiese sentado a leer, bajo la luz amarillenta de un candelabro, mi capítulo favorito de La guerray la paz y lo hubiese leído con el mayor gusto, con el placer de quien sabe que va a morir, porque no hay nada que pueda dar mayor satisfacción que el saber que se va a cumplir con una misión aunque en su ejecución se tenga que llegar al sacrificio máximo.
     Tras dar el vistazo final a la página que estaba leyendo, habría mirado al antiguo reloj de la sala y hubiese escuchado por primera vez su estrepitoso tic-tac. Me hubiese erguido y me habría desperezado empezando a sentir, a pesar del cansancio de quien no ha dormido, el peso de la responsabilidad de tener que cumplir con una misión irrevocable.
     Luego de refrescarme con el agua fría de un lavatorio me hubiese vestido con mi pantalón crema recién entregado por el sastre y mi camisa blanca con chorreras. Me habría mirado en el gran espejo de mi cómoda con mis ojos pardos y penetrantes y hubiese pasado mis dedos sobre las patillas negras y abundantes de mi rostro pálido. Sin demora hubiese metido la mano entre mis cabellos, varias veces, hasta desordenarlos más. Me habría colocado mi gabán pardo oscuro, y mi sombrero de copa negro. Con mi bastón de marfil de la India bajo el brazo habría salido de mi vivienda entonando el fragmento de una aria muy conocida:
     “Una furtiva lagrima... negli occhi suoi spuntò...”.
     Habría tomado un coche de cuatro caballos de esos que recorren las calles de San Petersburgo de día y de noche y una vez dentro, al ver los asientos de cuero, me preguntaría con obsesión si en uno de esos vehículos no habrían viajado abrazados Natalya y el barón d’Anthes en una escapada romántica. La señora Pushkin con su vestido de seda y la cabeza apoyada sobre el hombro de él. A las cinco de la madrugada, bajo el latigueo persistente y las exclamaciones del cochero, proseguiría mi viaje hacia el lugar del encuentro.
     Llegaría temprano muy feliz de poder realizar lo que me había prometido a mí mismo y lo que sé que le habría gustado a Pushkin. En el lugar convenido me habría encontrado con mi padrino quien ya habría colocado sobre una mesa un antiguo estuche de forro verde con dos pistolas de duelo.
     Casi sin ser notados, mi rival, o mejor dicho el rival de Aleksander Pushkin, habría arribado con su padrino y muy serios se habrían abocado a discutir los detalles de la ceremonia. Como ya se había acordado sería un duelo a pie firme y disparando a voluntad.
Mientras se deliberaba sobre los pormenores del ritual me habría gustado dar unos pasos para desperezarme y hacer desvanecer el cansancio que se siente cuando no se ha dormido durante toda la noche. Mirando a la arboleda de la lejanía, habría percibido el olor de los cedros, como quien trata de gozar del placer causado por el paisaje antes de dar inicio a la tragedia.
     En ese instante me habría puesto a pensar en Natalya Nikolayevna Goncharova. Su rostro precioso y la perfección de sus cejas y de sus pestañas; sus ojos negros mirándome fijamente como si quisiera preguntarme algo o pedirme algo y sus labios suculentos; el escote de su pecho mostrando sus generosos senos tras su vestido rosado con numerosos listones. Qué admirable y apetecible la habría encontrado. Qué fresca y tierna. Tan perfecta y tan joven con un rostro pequeño y redondo como el de una adolescente. Un poco cargada de espaldas tal vez, solamente un poco; pero magnífica en todo lo demás. Tan admirable que habría hecho pecar de pensamiento y obra a cualquiera. Es tan deslumbrante, tan fuerte de carácter, que domina a todos en la corte. Los varones la rodean y escuchan lo que Natalya tiene que decir como si sus palabras proviniesen de un gran personaje. Sus deseos son órdenes. Lo que pide se cumple. No necesita látigos ni fustas. Le basta con extender su mano para que se la besen y cincuenta varones a su alrededor caen en una rodilla, casi al mismo tiempo, listos a hacerlo. Ese es su poder. Qué mujer tan bella en todo. En su sonrisa y en sus ademanes; en su manera de hablar y en su forma de mirarme que me hace desearla inmediatamente y me cautiva poderosamente. Con sus mejillas tersas y sonrosadas y sus dos aretes de diamantes. Cuando se aparece, vestida de negro y enjoyada, mirando con la inmensa fuerza de su personalidad, todos se arrodillan delante de ella, desde un simple oficial de caballería hasta el zar en persona, para confesarle su sumisión. En ese momento se encuentran bajo el poder de su voluntad. Podría tener mil amantes a la vez si lo quisiese y los haría pelear entre ellos, uno contra el otro, como a soldaditos de juguete. Por esa razón Pushkin perdió la cabeza tan pronto la vio. Cualquiera se deslumbraría con una mujer así. Por lo menos a mí me atrae tanto que si no me contengo y si no me refreno creo que hasta podría enamorarme de ella y pronto estaría pensando en su imagen de día y de noche. Si alguien se atreviese a hablarle se apoderarían de mí unos celos irremediables y una ira incontrolable e instintivamente mi mano buscaría la empuñadura de mi revólver. Es algo animal. Algo primigenio y salvaje. Es simplemente así. Luego tendría que batirme a duelo con Aleksander Pushkin para ver quién se quedaría con ella; lo cual no es mi intención ni lo será nunca. Dios aparte estas ideas de mi mente. Pero sin lugar a dudas una hermosura así le habría garantizado a su esposo una muerte segura desde el momento en que la conoció y la cortejó. Es necesario admitir que ya en estos momentos Pushkin se ha apoderado con tanta intensidad de mi mente que hasta tengo los mismos sentimientos y los mismos apasionamientos... Ah, Natalya, Natalya... hermosísima Natalya Goncharova...
     En ese punto mi padrino me interrumpiría para decirme que ya todo estaba listo.
Muy parsimoniosamente me quitaría el gabán y se lo entregaría a un sirviente que estaría por ahí cerca. Me quedaría con mi chaleco dorado y me recogería hacia arriba las mangas de mi camisa blanca como el cirujano que se alista para hacer una amputación en el campo de batalla. Mirando fríamente a mi contrincante me acercaría a la mesa y empuñaría una de las pistolas. Levantaría mi arma y la balancearía hasta llegar a dominar su pesadez. Observaría el brillo metálico de su cañón y palparía la aspereza de su empuñadura curva de nogal. Sería una pistola antigua con rasguñaduras y marcas; obviamente usada cientos de veces. Me asombraría al pensar en las vidas que habrían sido segadas con ella en desafíos anteriores.
Mi adversario, el erotómano, también se despojaría de su chaqueta militar azul verdosa con charreteras. Recién me daría cuenta de que es un individuo alto, gallardo y enérgico; bastante apuesto, con un bigotillo rubio que le tiembla cada vez que habla y una cabellera abundante. Es un inmenso soldado. Se quedaría con su camisa blanca de mangas largas. Pondría su arma delante de su pecho apuntando al cielo y me miraría con desprecio.
Nunca he visto a nadie mirarme con tanto odio; pero ojalá sepa que esos sentimientos son recíprocos. Porque cada vez que lo veo la ira y los celos me dominan de modo inevitable. Son más poderosos que yo. Nunca he sentido un odio tan grande por otro ser como el que siento ahora. Es tan intenso que por momentos parecería ser exquisito.
     Tal vez sea porque me hace recordar a Álvaro Mesía, el villano semental de La Regenta. Un mediocre que en otros aspectos de la vida no pudo brillar. Un enamorador que sedujo a una mujer casada simplemente por satisfacer sus bajos instintos, por entretenerse o por darse gusto en hacer una conquista para sobajear su vanidad sin importarle los sufrimientos que podría causar al cónyuge, a la familia o a la mujer misma.
     El juez nos ordenaría colocarnos de espaldas. Nosotros lo haríamos así y nos quedaríamos mirando en direcciones opuestas. En ese momento yo le diría:
“¿Barón d’Anthes? Supongo que ya sabrá que he venido a vengar a Pushkin”.
Mirando hacia el otro lado él habría mantenido un grave silencio; aunque yo sabría que su bigotillo rubio le estaría temblando.
     “¿Me ha escuchado barón d’Anthes?”, le preguntaría suavemente.
     “Sí. Le he escuchado”.
     “Supongo que todavía estará interesado en Natalya, ¿verdad?”.
     Él continuaría manteniéndose callado. Yo volvería a indagar:
     “Supongo que le gustaría saber si todavía es virgen. ¿No es así?”.
     En ese instante, probablemente para evitar que nos volteásemos y disparásemos a quemarropa uno contra el otro, el juez nos daría la señal y empezaríamos a caminar los veinticinco pasos señalados, lo que yo haría con mucha serenidad. Al dar el último me detendría y me daría media vuelta.
     Me concentraría en sostener firmemente la pistola colocándola en línea con el pecho blanco de mi adversario. Él estaría con un pie delante colocando su cuerpo en diagonal apuntándome con la suya. Me temblaría un poco la mano; para mi sorpresa sólo sería ligeramente. Y es que esta mano que alguna vez empuñó la pluma para escribir Voces del silencio y Tremebundas, aprieta hoy un arma tratando de vengar una afrenta.
Dispararíamos casi al unísono. Vería humo alrededor de mi pistola y sentiría inmediatamente un dolor agudo muy cerca del hombro que me quitaría el aliento y me impediría tomar aire.
     Sería un ardor muy intenso que habría paralizado mi brazo en la posición de apuntar. Y en medio del humo y del olor a pólvora vería al enorme cuerpo de mi rival, al inmenso soldado lujurioso, cayendo lentamente de rodillas con la cabeza gacha y una gran mancha de sangre en el pecho; luego lo vería desplomarse sobre el suelo. Ahora dígame, barón d’Anthes, ¿de qué le sirven sus besos apasionados, sus miradas tiernas, sus palabras seductoras, su admirable incontinencia, su inmensa e irreprimible concupiscencia? ¿Puede ahora desear a la bellísima Natalya Goncharova con esa bala en el pecho? ¿Puede? ¿Tiene todavía ganas de unirse carnalmente con Natalya, la adolescente de las mejillas sonrosadas, para comprobar que todavía es virgen?
     Increíblemente, aunque débil, yo tendría todavía fuerzas suficientes para permanecer de pie y para dar un paso y luego otro, bamboleándome, como si una debilidad inmensa se hubiese apoderado de todo mi cuerpo mientras que mil ideas pasaban por mi mente.
Asustado vería correr a mi padrino hacia mí, pálido, con sus patillas blancas y con el sombrero de copa todavía puesto, con la bufanda cubriéndole el mentón, llamándome por mi nombre y preguntándome si estaba bien.
     Mientras tanto yo vería al padrino de mi rival con su capa negra arrodillado en el suelo moviéndole la quijada al caído y dándole palmaditas en el rostro a alguien que ya no le podría responder.
     Sentiría un miedo inexplicable. Se me nublaría la vista a pesar de mis esfuerzos por permanecer despierto y por mantenerme de pie. No podría respirar. La sangre se acumularía dentro de mi pecho. Me ahogaría. Yo le diría al derribado:
     “¡Dispénseme, d’Anthes..! Se lo ruego... No fue mi intención”.
     Mi brazo descendería y yo dejaría caer la pistola sobre la tierra.
     “¡Levántese d’Anthes..! Perdóneme por lo que le he hecho... ¿De dónde salió este odio? ¿Quién inició este rumor? ¿Quién dio comienzo a esta trama..? ¡Antitramador..! ¿Dónde está el antitramador..? Que venga aquí, al campo de honor, a desenredar lo que el tramador cruelmente ha enmarañado... ¿Quién? ¿Quién odia a quién..? ¡Antitramador..!”.
Trataría de dar otro paso más hacia mi contrincante para pedirle que me absolviera. Mi padrino asustado me abrazaría haciendo esfuerzos por sostenerme. Yo continuaría:
“Baron d’Anthes, déme su clemencia... Se lo suplico...”.
     Me temblaría la cara. Mis piernas perderían fuerzas. Ya no podría caminar. Estaría horrorizado. Habría una gran debilidad. Un zumbido enorme.
     En ese instante vería al frente mío a Natalya Goncharova, llorando, abrazándome y pidiéndome que no me muriese:
     “Aleksander... Perdóname... No te mueras, mi amor... No fue mi culpa... Nunca hubo nada entre d’Anthes y yo... ¿No te das cuenta?”.
     Y ella me besaría el pecho, la frente, las manos, humedeciéndome con sus lágrimas. Con gran dificultad y con voz de moribundo, yo trataría de hacerle entender levantando el tono de mi voz:
     “No soy Aleksander... ¡madame..! No soy Pushkin”.
     No obstante ella, sollozante, con su hermoso rostro sonrosado, fuera de sí, sin poder comprenderme, continuaría besándome en los labios y en las manos.
     Con mis últimas fuerzas, con voz casi apagada, le volvería a rectificar:
     “Madame... No soy Pushkin...”.
     Pero ella no me haría caso. Más bien continuaría diciéndome:
     “No fue mi culpa, mi amor... No fue mi culpa... No te vayas... Aleksander... ¡No me dejes!”.
     En ese punto tendría mi última visión. Vería el rostro risueño de Aleksander Pushkin, con una sonrisa serena, casi imperceptible; pero con una expresión de satisfacción. Lo vería feliz y contento. Entonces la vista se me oscurecería por completo y yo caería al suelo con un sonido seco.
     Mis brazos y piernas se aflojarían y se acomodarían sobre el terreno. Mis ojos permanecerían abiertos; pero ya no podrían ver nada nunca más.
  



Puede encontrar una copia de El carnicero de Lyon en

y de

El danzarín de las Fiestas del Tayta Shanti en








December 05, 2015















                                  NATIVITY
                                                  (Seen with words)


          In a cave in Bethlehem, despite almost complete darkness, by the side of an old clay jar, a brown donkey with a coarse fur and a white snout and two brown oxen with lessened horns, chewing apart gently, shaking their ears and letting out a slight mist from their noses are seen. In a manger full of yellow straw, resting on a rug, a newborn child, with a halo around his head, very serene and peaceful is observed. His belly rises gently  with each breath. Mary, kneeling, with a white robe, a cord around her waist and a blue veil over her head,  with eyes full of tenderness, lifts the tip of the clothe to wrap him. Joseph, son of Jacob, with a black beard, dressed with a dark green tunic is behind her, holding his hands in a prayer position. Two shepherds with their rustic canes observe with curiosity and pleasure. A sound of drums and timbrels along with children voices are heard softly in the distance singing Christmas carols.  The sounds and voices rise slowly until they are nearby and a large group of children enter... rom, pom pom pom... rom, pom pom pom...The baby sobs briefly; then he composes. It is very dark outside. At the Highest, a white light, so intense, is observed.




NAVIDAD
(Vista con palabras)

          En una cueva de Belén, a pesar de la oscuridad, se ve al lado de un viejo cántaro de arcilla, un asno pardo oscuro de pelaje tosco y hocico blanco y dos bueyes castaños de cuernos rebajados, masticando suavemente, sacudiendo las orejas y soltando un leve vaho por la nariz. Sobre un comedero de animales lleno de abundante paja amarilla descansa un niño recién nacido con una aureola en la cabeza, reposando muy sereno y tranquilo. Su barriga se eleva delicadamente con cada respiración. De rodillas María, con túnica blanca ajustada en la cintura con un cordón y un velo azul en la cabeza, con ojos de ternura, levanta la punta de la sabanilla para envolverlo. José, hijo de Jacobo, de barba y ojos negros, con un vestido verde oscuro, se encuentra detrás de ella mirando de reojo; tiene las manos en la posición de orar. Delante de la pared rocosa dos pastores con sus bastones observan con curiosidad y beneplácito. Un sonido de panderetas y tambores, junto con voces infantiles cantando villancicos, se escucha muy suavemente en la lejanía. Los sonidos y las voces van en aumento hasta que se las oyen muy cerca  y un grupo numeroso de niños pastores ingresa poco a poco... rom pom pom pom, rom pom pom pom... El niño solloza momentaneamente; luego se calma. Afuera todo está muy oscuro. En las Alturas, una luz blanca, muy  intensa.

                                          





¡Feliz Navidad y un Año Nuevo lleno de progresos!
Merry Christmas and a prosperous New Year!





Manuel Lasso
y
El danzarín de las Fiestas del Tayta Shanti


Desde la esquina de la Casa de la Moneda








March 17, 2015


ANUNCIO 


La colección de cuentos de Manuel Lasso, El Danzarín de las Fiestas del Tayta Shanti acaba de ser publicada en Amazon.
                                       

Esta  colección incluye relatos que el autor ha publicado con anterioridad en el internet, cuentos nuevos, el diálogo Crítica a la estulticia humana y dos entrevistas hechas con motivo de la publicación de la novela El carnicero de Lyon.

La carátula de la coleccion es un fragmento de la fotografía de la superficie de un mate burilado en el que un matero de Cochas Chico iluminó todas las escenas del cuento del mismo nombre, El danzarín de las Fiestas del Tayta Shanti.

Este es el recuento de esa historia:

Hablando  del origen del material gráfico usado en  la tapa de la colección de cuentos El danzarín de las Fiestas del Tayta Shanti es importante  mencionar que proviene de la fotografía de un mate burilado hecho en  Cochas Chico, por el  el Sr. Pedro Veli Alfaro.

Este cuento trata sobre el tema de la Guerra del Pacífico. Va desde las batallas de San Juan y Miraflores hasta la hecatombe de la Concepción y el inicio de la Campaña de la Breña.

A pedido del notable escritor juninense, don Nicolás Matayoshi, en el año 2008, el Sr. Veli Alfaro se reunió con sus familiares un día por semana para decidir como se haría esa obra. El pedido consistía en iluminar todo el mate con las escenas en orden de sucesión del cuento del mismo nombre que se encuentra en esta colección. Las reuniones de toda la familia, incluyendo a los escolares, se hizo para crear la estrategia de la iluminación del mate burilado, con todas las escenas del cuento, escena tras escena, convirtiendo lo que estaba escrito en las páginas del libro en imágenes buriladas.

Todo el trabajo de conversión del texto literario en imágenes duró cerca de tres meses. Es posible que este haya sido el primer mate de esta clase que se haya hecho.
La fotografía de un fragmento de la superficie de este mate ha sido usada como material gráfico para esta colección de cuentos.

Esta idea de trasformar el texto impreso del cuento en las imágenes de un mate, como opina el destacado escritor uruguayo, don Jorge Majfud, es una idea interesante porque da la posibilidad de expandir el talento pictórico de los maestros materos y la de divulgar la obra literaria. De por sí es un trabajo de invención netamente americana, hecho por artistas americanos.

Sería interesante ver el poema de César Vallejo, Los heraldos negros, expresado en imágenes sobre un mate burilado. Lo mismo se podría decir del cuento El milagro secreto de Jorge Luis Borges, de Blow up de  Julio Cortázar y de El llano en llamas de Juan Rulfo o aún de su novela Pedro Páramo. Qué no se podría pensar de Metamórfosis de F. Kafka.

No se necesita hacer mucho para estimular la producción de estos trabajos artísticos. Con sólo comentar esto con las amistades ya se estaría iniciando la posibilidad de hacerlo. O tal vez poniendo algunas órdenes con un artista matero. 

Gabriel García Márquez, cuando leyó este cuento, El danzarín de las Fiestas del Tayta Shanti, cuando todavía estaba vivo, en una clase de la Universidad de Columbia, dijo que parecía ser el primer capítulo de una novela.


Manuel Lasso











November 06, 2013





"My new book, The Butcher of Lyon, is now available on  Amazon.com!"
 




About the Author

 

Manuel Lasso, a Peruvian novelist, short story writer and playwright, studied Literature at the City College of New York, where he became a winner of the Floral Games in the narrative category. His work has been published in magazines and newspapers from Europe and America and has readers in five continents. He is the author of the novel The Butcher of Lyon
Visit his blog http://manuellasso.blogspot.com or follow him on Twitter @Manuel_Lasso.









October 12, 2012









EL CARNICERO DE LYON, EN CASTELLANO, YA SE ENCUENTRA A LA VENTA





COMENTARIOS MAS RECIENTES


"Desde el inicio de esta novela extraordinaria, los elementos reales utilizados durante el régimen nazi están presentes, y casi como una irrealidad que toca una cruda realidad con descripciones perfectas nos lleva a revivir esos momentos terribles con frases como "Ein Fürher, ein Volk, ein Estate", y la Blitzkrieg de las marchas militares. Esta novela está llena de secuencias ricas que nos llevan a seguir leyendo como si se tratara de una película revelada que nos rodea y va tocando todos nuestros sentidos. Jean Yves, el hombre torturado y las descripciones de los demás están bien hechas con la voz y el habla de Hitler en el fondo, o la Marseillaise en las voces de los prisioneros cuando hubieron compañeros que resistieron sin dar ninguna información. Es inolvidable el capítulo 9, la creación de Manuel, la situación en la que se enfrenta el teniente Klaus con los loros cuando estos hablan: "Camarade ... a quelle heur part l'train pour Auschwitz. Mort a Hitler! "

La evacuación de Lyon está muy bien narrada como el mensaje profundo hecho a los autores de horrores en el capítulo 11.

La explicación de la situación de las mujeres durante el avance del ejército ruso fue efecto de la guerra. Hay una rica descripción de personajes importantes durante el exilio de Klaus en Bolivia y Lima, incluyendo a los republicanos-españoles la Guerra Civil Española, que mantendrá al lector en alerta, sobre todo durante la tortura de Anselmo Sánchez, el final de su vida y los intentos de Manuelita para vengarse. Aunque esta novela se inspira en la realidad las imágenes sugestivas de la captura y el fin de vida de este torturador, el carnicero de Lyon, nunca serán olvidadas de la realidad o de la ficción.
¡Congratulaciones a esta gran novela y a su autor ...!"

-Susana Roberts.
Poeta argentina y universal. Poeta sin fronteras.





"De edición impecable y sorprendente realidad, esta es una historia extraída directamente del corazón de los Condenados, una extraordinaria novela escrita por Manuel Lasso, que muestra el alma del asesino por vocación: Klaus Barbie, el carnicero de Lyon...

Esta gran novela, que se convertirá en un hito en la literatura de la defensa de los derechos humanos, se despliega durante el período de la ocupación nazi de Francia. Comienza en L'Ecole de Santé Militaire, cerca del Ródano, en el Hotel Terminus. La intensa atmósfera wagneriana que es apropiada para un teatro musical, Die Walküre, que por desgracia fue incautada por el totalitarismo socialista, en este caso los nazis, contribuye enormemente a crear el ambiente de esta obra. Wagner fue movido siempre por la lucha entre el bien y el mal. Cualquier obra wagneriana expresa esa lucha, el drama del hombre que debe elegir entre el bien y el mal...

Después de leer este libro, me quedé con un sentimiento de gran felicidad y con la percepción de que había sido encantado por una gran novela en la que el lector se ríe y se ríe y se sigue riendo, con un humor que fluye libremente, como propulsado por un genio cómico, dejando en la página escenas hermosas como si fuesen perlas en un inmenso desierto. Por lo tanto, al final de la novela nos quedamos con la sensación de que estamos presenciando el surgimiento de un nuevo maestro de las letras."

-Manuel Gutiérrez Sousa.
Filósofo, poeta y novelista. Autor de "Así me dijo Arturo",
"Raíles de Quimeras" y "Los Hijos del Orden."






COMENTARIOS

 
"Esta novela revive la densa atmósfera y uno de los momentos más trágicos del siglo XX... No se limita a este recurso narrativo. Cuando el lector se ha acostumbrado a esa visualidad del inicio, la narración comenzará a introducir fuertes elementos surrealistas, lo cual, quizás, expresa mejor no sólo la realidad histórica aludida sino la imaginación creativa de Lasso."

- Jorge Majfud, PhD, Jacksonville, Florida


 

"Este libro es impresionante. Desde el principio el lector queda asido por el relato... describiendo la criminal e inhumana conducta de los ocupantes Nazis de Lyon... en imágenes surrealistas escritas a la perfección que hacen de este libro, una pieza literaria ejemplar. Es un libro que se lee sin parar y casi sin apartar la mente de él. Lo recomiendo fervientemente."


- Prof. Emérito Dr. Ernesto Kahan. Facultad de Medicina.
Univ. Tel Aviv. Israel

 


“El carnicero de Lyon me atrapó por su fluidez y vertiginosidad cuasi cinematográfica y por su investigación y construcción sin dudas profunda y admirable. Puedo aseverar que solo la creatividad en su expresión más plena, puede dar cuenta de estos aconteceres históricos traumáticos. Auguro una recepcion muy favorable para esta novela."


- Dr. Miguel Angel de Boer
Comodoro, Rivadavia, Chubut, Argentina








(Fragmento de novela)


LA CAPTURA DE LYON


Los soldados de la Wehrmacht, con filudas dagas al cinto y cantimploras llenas de agua al hombro, gritando “Vorwärts, immer vorwärts!” (¡Adelante, siempre adelante!), ocuparon el hotel Royal de la Place Bellecour de Lyon con la misma eficiencia con la que capturaron el Arco del Triunfo en París.

Varias horas después, pelotones inacabables de soldados nazis jóvenes, todavía adolescentes, con cartas de sus madres en los bolsillos, cargando lanzallamas en la espalda, marcharon ordenadamente frente a una inquieta multitud Lyonesa que los observó en silencio a lo largo de la rue de la Barre. Algunos de los soldados, los más veteranos, pasaron en motocicletas rugientes. Tenían los rostros polvorientos y los binoculares colgándoles del cuello. Un niño bien peinado, de cinco años, llevando una pequeña bandera negra, le disparó a uno de ellos con la punta de un dedo: “¡Bam, bam, bam!” El soldado alemán se detuvo lentamente y con mucha calma se dio la media vuelta con su estremecedora motocicleta BMW R75, sosteniéndose con un pie extendido y regresó haciendo sentir el olor desagradable del humo de su máquina de 750 cc. Al ver que sólo se trataba de un chiquitín que le disparaba con su dedo índice sonrió, le dijo “Netter Junge!” (¡Buen niño!), hizo un movimiento de retroceso con su muñeca derecha y prosiguió su marcha al lado de las otras estruendosas motocicletas.

Los combatientes de la división de infantería alemana avanzaron por las calles de Lyon, con los fusiles al hombro, marchando sobre el empedrado con pasos resonantes, al compás de la marcha militar Blitzkrieg. Siguieron a los cañones de la artillería, cubiertos por redes pardas y sucias, que eran tirados por un gran número de mulas nazis muy disciplinadas y obedientes.

Con sus orugas moviéndose constantemente, los tanques Tiger I aparecieron repentinamente, haciendo girar lentamente, de un lado a otro, sus cañones de 88 mm. Los levantaron y los bajaron, a veces apuntando a la multitud, que protestó en contra de estas provocadoras acciones con ofendidos murmullos y comentarios ácidos. También apuntaron con sus cañones a las torres de la Fourvière Basilica y al Roman Ampythéâtre. Habían tanques por todos lados, moviéndose en muchas direcciones. Por un momento pareció que todos los tanques Panzer de la Alemania Nazi se habían congregado en la ciudad de Lyon.

Los soldados, con sus pesados cascos M-42 y correas de cuero con hebillas amarradas debajo del mentón, trajeron gran cantidad de balas Mausermunition, en pesados cajones, que fueron depositando sobre el empedrado. Los oficiales germanos aseguraron el acceso a los puentes del río Saône y del río Rhône colocando tanques en las entradas y ametralladoras con trípodes y cinturones de 150 balas cada uno, en las orillas de los ríos. Los habitantes de Lyon no pudieron hacer nada acerca de la ocupación. Había ocurrido sin el consentimiento de ellos y expresaron el descontento de una manera simbólica. Cuando los soldados alemanes pasaron marchando frente a ellos, cantando el Horst Wessel y levantando las botas lo más alto que pudieron, los civiles se voltearon para mostrarles las espaldas.

Durante esos días algo peculiar e inolvidable sucedió en la Place Bellecour donde se estacionaron coches armados con ametralladoras. Un joven soldado de la Wehrmacht, casi un mozalbete, se detuvo frente al monumento de Louis XIV e hizo chocar sus talones. Gallardamente levantó un brazo hacia adelante y observó con detenimiento la corona de laureles, la túnica, las sandalias y la espada corta de la estatua de bronce del monarca, representado como un emperador romano, contrastando con el cielo azul de Lyon. Con mucha seriedad puso los ojos en las patas musculosas y los crines gruesos del caballo. En seguida entonó suavemente la primera estrofa del Horst Wessel. Con su fusil G43 al hombro y una granada de palo atravesada en el cinto, mirando a la estatua verde con reverencia, prosiguió con la segunda estrofa, sin mover el cuerpo y manteniendo los talones muy juntos. En ese instante una bomba colocada por un miembro de la Resistencia Francesa estalló con un sonido estruendoso y el soldado alemán voló en pedazos. Todos vieron sus porciones y su casco esparciéndose delante de una inmensa bola de fuego amarilla. Luego observaron, en medio del humo blanco y del olor a pólvora, los pedacitos del uniforme gris azulino cayendo suavemente sobre el empedrado.

Casi inmediatamente un oficial de la S.S. dio órdenes y varios soldados salieron, al paso ligero, por las calles colindantes y arrestaron a las primeras veinte personas que encontraron. Las trajeron a empujones, con los brazos en alto y las colocaron de pie, muy juntas, frente al pedestal de la estatua de Louis XIV. Luego las acribillaron con sus ametralladoras. En un instante los veinte prisioneros quedaron derribados, convertidos en un montón de cuerpos, en el mismo lugar donde había volado en pedazos el soldado que había intentado cantar el Horst Wessel al monarca francés.

Al amanecer, las tropas capturaron el hotel Terminus. Exclamando repetidamente “Sturm Lyon!” (¡Atacad Lyon!) y disparando incesantemente con sus ametralladoras ligeras Schmeisser, lo tomaron por asalto, como si estuviesen llevando a cabo otra Blitzkrieg en Polonia, aunque dentro del edificio no había nadie armado, ni siquiera con un alfiler. Muy rápidamente ocuparon el foyer del hotel apuntando con sus armas a los ocupantes. Una ruidosa motocicleta 1931 con un sidecar de dos piezas entró al foyer y dio varias vueltas con gran estridencia. Al detenerse, un teniente de la S.D. descendió del vehículo. Tambaleó y cojeó un poco por un instante. Luego permaneció de pie mirando a los ocupantes. Los aterrados trabajadores con las manos levantadas se mantuvieron sin moverse.

El hotel Terminus tenía la esplendorosa apariencia del siglo XIX. Estaba decorado con un estilo similar al de la Belle Époque. Tenía paneles, espejos y frescos pompeyanos cubriendo las paredes. Los pasamanos de las elegantes escaleras estaban cuidadosamente bruñidos. La intensa luz de los candelabros iluminaba las botas negras bien lustradas de los soldados que subían por las gradas alfombradas. En el foyer había siempre una orquesta de cámara, con atriles y partituras, tocando melodías de Strauss, Vivaldi o Verdi. En esa particular ocasión estaban interpretando el Brandenburg Concerto No. 6 de Bach.

Desde las ventanas del hotel era posible ver el Cours de Verdún y la congestionada estación del tren de Perrache con sus coches verdes y sus locomotoras negras con ornamentos dorados, silbando intermitentemente y soltando el hollín y el humo negro de sus chimeneas. En el hotel Terminus la Gestapo estableció su cuartel general.

Sorprendentemente alguien había colocado en el techo una enorme bandera roja con una hakenkreus negra en el centro de un círculo blanco. También, alguien había sido lo suficientemente diligente como para poner un disco en el fonógrafo del mostrador. La estruendosa voz de Hitler resonó por los altavoces, con ecos, dando uno de sus discursos de Berlín.

El teniente con sus guantes de cuero nuevos, se movió lentamante prestando atención a la alocución. Bajo de estatura y robusto, llevaba un abrigo de cuero negro, tan largo que por momentos parecía que lo arrastraba por el piso. En el cinto cargaba una Welther Pistolen P38. Su gorra tenía una insignia del partido y una visera negra sin adornos. Con una mirada fríamente reflexiva y un gesto desdeñoso quería dar la impresión de que era un general del Tercer Reich, como Martin Bormann o Rudolf Hess, escuchando a su jefe supremo. Cuando terminó la vehemente arenga, buscó en todo el edificio un lugar que le sirviese de despacho. Lo encontró en el tercer piso, en la suite 68.

Al ingresar a la habitación el teniente percibió el agradable aroma de un perfume y vió en el brillante espejo del techo su imagen nítida y la de sus hombres. Ordenó retirar los muebles y los soldados salieron y entraron apresurados sacando camas y sillones hasta que el aposento quedó vacío. El teniente apuntó con un dedo a una bacinica de porcelana que había quedado en el centro de la habitación y alguien la recogió y se la llevó. Luego mandó descolgar las cortinas polvorientas y los paneles antiguos. Hizo arrancar los relucientes espejos del techo. Sus hombres trajeron un escritorio de nogal y varias sillas. Colocaron encima tinteros, plumas y un secante de papel rosado con rasgos de tinta antigua. Después trajeron sellos de mangos redondos, dos fustas y una picana eléctrica.

Dando pasos muy cortos y rápidos por el esfuerzo, cuatro soldados arribaron cargando un inmenso cuadro de Hitler, tan pesado que parecía caérseles de las manos. El teniente, levantando la visera de su gorra, dispuso que lo colgaran detrás de su escritorio. En el gran retrato de marco dorado se veía al Führer, con el uniforme militar del partido, con la esvástica en un brazo, un mechón de cabellos negros sobre la frente y una de sus manos rascando su cadera.

El teniente ordenó colocar más fotografías de Hitler, de todos los tamaños, en blanco y negro o en color sepia, en las otras habitaciones y corredores del hotel Terminus. Se le debía de tener presente en todo momento. Las acomodaron hasta en los baños, muy cerca de los lavabos de losa, de los excusados y de los rollos de papel higiénico. Allí quedaron por mucho tiempo hasta que una mañana los retratos del Führer aparecieron manchados. Aparentemente alguien había garabateado sobre ellos las palabras “Heil Hitler!” Alarmado el teniente decidió removerlos de los baños. Los hizo limpiar y los hizo colgar en otros lugares donde nadie los pudiese alcanzar.

Por esos días corrió el rumor de que uno de los tanques que vigilaba el puente del río Saône había amanecido con una gran swastika negra pintada en uno de los costados de la torreta. No se supo como ni cuando había sucedido esto; pero todos intuían que tenía que haber sido un audaz miembro de la Resistencia Francesa. Temeroso de que alguien enmugreciese el gran cuadro de Hitler que tenía en su despacho y le pusiese swastikas como aspas en toda la superficie, el teniente ordenó que se vigilara el recinto de día y de noche.

Durante ese fin de semana un joven teutón que estaba de guardia se levantó impensadamente del sillón donde se encontraba, se quitó el casco y acomodó la culata de su fusil en un hombro. Apuntó hacia el rostro del Führer. Lo contempló fríamente con sus ojos azules. Cerró un párpado y observó fijamente por la mira el bigote negro y la pequeña reflexión de luz en uno de sus ojos. Se quedó así por unos instantes. Luego lentamente descendió el fusil y se volvió a sentar en el sillón de cuero. Con sus dedos grasientos, continuó comiendo su Fränkische bratwurst, quemado y pálido, con sauerkraut...

     
 

             

  La Verónica viene el viernes Manuel Lasso   martes 28 de octubre de 2025 ¡Comparte esto en tus redes sociales! Facebook X LinkedIn Threads...