"El hombre
inteligente busca una vida tranquila, modesta, defendida de infortunios; y si
es un espíritu muy superior, escogerá la soledad"
ARTHUR SCHOPENHAUER

La mayor calamidad que le puede suceder a un escritor es perder la vida siendo aún muy joven, y no poder continuar con su creación literaria. Así le sucedió a John Keats, quien, sin quererlo ni desearlo, murió tosiendo, agobiado por la tisis al igual que La dama de las camelias, y a Christopher Marlowe, quien falleció apuñalado, en medio de un penetrante olor a cerveza, durante una violenta y veloz bronca de salón.
Por dicha razón siempre me ha conmovido la historia de Aleksander Pushkin. Innumerables veces he meditado sobre su muerte prematura e invariablemente he llegado a la misma conclusión. No se le permitió seguir viviendo para concluir su obra artística.
Se sabe que el barón Georges d’Anthès, un erotómano exiliado al servicio del ejército ruso imperial, como lo fue Rodolfo Boulanger, el acaudalado amante de Madame Bovary, se obsesionó con la idea de seducir a la esposa de Pushkin. La asedió durante mucho tiempo con sus emanaciones de agua florida, sus poses militares y sus versos de Ronsard. Luego de conseguirlo, se enfrentó más al poeta, insultándolo de la peor manera, y no dejó otra alternativa que reparar la injuria mediante un duelo a muerte.
Estoy convencido de que le habría deleitado mucho quitarle la vida a su contrincante, pero el ofensor terminó por eliminarlo. Puedo imaginarme lo que habría pasado por la mente atormentada de Pushkin en esos momentos. Estoy convencido de que le habría deleitado mucho quitarle la vida a su contrincante, pero el ofensor terminó eliminándolo a él. Y Pushkin falleció, a los 37 años de edad, después de varios días de agonía, tras recibir un balazo en el abdomen. Murió infeliz y frustrado al no poder castigar a su rival, a quien sólo había herido levemente.
Cuando vi el chaleco negro, con su hilera de botoncitos brillantes, que llevaba puesto al ser abaleado por d’Anthès, el sofá castaño sobre el que lo recostaron ya inconsciente y con la frente sudorosa y fría, el antiguo reloj de números romanos cuyas manecillas se detuvieron en el momento de su muerte y el sketch a carbón que le hizo Fiódor Bruni una vez que ya estaba acomodado dentro de su ataúd, me pareció ver la imagen de un hermano caído, víctima de una gran injusticia. Entonces comprendí que debió de haberse llevado un gran sentimiento de frustración al no poder vengar la ofensa que la lujuriosa obsesión de d’Anthès le había ocasionado.
En ese momento pude intuir lo que Pushkin sentía. Fue como si su dolor personal se hubiese transferido a mi mente, como si su espíritu se hubiese posesionado de mí gradualmente. Todo sucedió lenta y pausadamente. Primero sentí un gran deseo de conocer su obra. Fueron muchos los días que pasé en la biblioteca leyendo Eugene Onegin, Boris Godunov y sus innumerables cuentos y poemas. Luego me interesé por su vida; leí sus biografías, vi los retratos al óleo que le pintaron cuando residía en Moscú y me enteré de todo lo que le había ocurrido. Entonces vino la indignación inmensa, como si lo que le había pasado a él me hubiese acontecido a mí. Ahora tengo sus emociones, sus celos, sus pensamientos y sus inclinaciones. Tengo también su odio, que a primera vista parecería ser inexplicable, pero siento un inmenso desprecio por el barón d’Anthès. Si lo pudiese ver me acordaría del chaleco negro de Pushkin y le vaciaría en el pecho todas las balas de mi revólver de bolsillo antes de que él se diese cuenta, pero un caballero no puede actuar de ese modo y más bien tiene que hallar la solución de sus conflictos en la magnanimidad de un duelo. Por esa razón lo busco.
Si yo hubiese estado en San Petersburgo después de su fallecimiento, habría intentado lograr lo que Pushkin no pudo. Hubiese rastreado al barón d’Anthès por toda la ciudad hasta encontrarlo y retarlo. No tengo la menor duda de que lo habría hallado en alguna reunión de la gran sociedad rusa, en algún salón de baile lleno de candelabros y de mucamos con bandejas de plata repletas de copas. En medio de las damas de la aristocracia y de las parejas que bailaban, me acerqué a él; hice todo lo posible por aproximarme a su oído y le susurré, con la mayor calma posible, el peor de los insultos. Entonces el barón d’Anthès, completamente ruborizado, con el cuello cerrado de su casaca militar y sus charreteras doradas, me abofeteó haciendo salpicar el champagne burbujeante de mi copa y cayó en la trampa. Nos llevamos las manos a las armas. Se produjo una gran conmoción y las damas con sus vestidos de seda se llevaron los pañuelitos perfumados a las bocas soltando exclamaciones de angustia. Yo, muy ofendido, le dije al barón que eso no podía quedarse así y que tendríamos que arreglarlo en un duelo. Con mi guante blanco le golpeé el rostro.
Estoy convencido de que el lascivo injuriador parpadeó, empalideció y no cupo en sí de furia. Me miró con sus ojos azules llenos de un odio incontenible. Pero no salimos de esa reunión sin asegurarnos uno al otro que en pocas horas nos volveríamos a encontrar para batirnos.
A continuación, fui al encuentro de Natalya Nicolayevna Goncharova, la esposa de Pushkin, hermosísima mujer, aunque todavía adolescente, quien, pálida y aterrada, se encontraba entre los demás invitados, mirándome llorosa, sin poder comprender lo que estaba ocurriendo. Tal vez la imaginé en los brazos de d’Anthès y una amargura me hizo temblar un labio. Haciéndole una profunda reverencia, le di mis más sinceros parabienes y me despedí. Ella se quedó mirándome, desconcertada, como si hiciese esfuerzos por reconocer a alguien. La dejé murmurando suavemente: “¿Aleksander? ¿Aleksander?”.
Me fui muy contento al ver que mi plan estaba funcionando tal como lo había concebido desde el principio y muy feliz al saber que mis intenciones estaban muy próximas a cumplirse.
Luego me dirigí a la casa de mi padrino. Tras percibir en su habitación el fuerte olor a bálsamo de eucalipto y a otros linimentos, lo desperté con un candelero en la mano y lo saqué de la cama, soñoliento, con su cabellera canosa y desordenada. Le conté lo sucedido y le supliqué que se encargase de los detalles de la ceremonia. Como era su costumbre, se puso sus espejuelos brillantes y mirándome fijamente por encima de ellos y bostezando, me preguntó por la clase de duelo que me gustaría pelear.
“Un duelo a muerte”, le repliqué con excitación. “A pie firme y disparando a voluntad. A veinticinco pasos”.
“¡Ese es el más peligroso!”, me respondió él abriendo los ojos con gran preocupación. “Lo pueden matar...”.
“Hágalo así, mi querido amigo. Pushkin no lo hubiera preferido de otro modo. Además, perder la vida hoy en día no tiene mucha importancia”.
Me retiré a mi domicilio muy contento. Después de beber una copa de brandy me senté a leer, bajo la luz amarillenta de un candelabro, mi capítulo favorito de La guerra y la paz y lo leí con el mayor gusto, con el placer de quien sabe que va a morir, porque no hay nada que pueda dar mayor satisfacción que el conocer que se va a cumplir con una misión aunque en su ejecución se tenga que llegar al sacrificio máximo.
Tras darle el vistazo final a la página que estaba leyendo, miré al antiguo reloj de la sala y escuché por primera vez su estrepitoso tic-tac. Me erguí y me desperecé, empezando a sentir, a pesar del cansancio de quien no ha dormido, el peso de la responsabilidad de tener que cumplir con una misión irrevocable.
Luego de refrescarme con el agua fría de un lavatorio me vestí con mi pantalón crema recién entregado por el sastre y mi camisa blanca con chorreras. Me miré en el gran espejo de mi cómoda, con mis ojos pardos y penetrantes, y pasé mis dedos sobre las patillas negras y abundantes de mi rostro pálido. Sin demora, metí mi mano entre mis cabellos, varias veces, hasta desordenarlos más. Me puse mi gabán pardo oscuro, y mi sombrero de copa negro. Con mi bastón de marfil de la India bajo el brazo salí de mi vivienda entonando el fragmento de una aria muy conocida:
“Una furtiva lagrima... negli occhi suoi spuntò...”.
Tomé un coche de cuatro caballos, de esos que recorren las calles de San Petersburgo de día y de noche, y una vez dentro, al ver los asientos de cuero, me pregunté con obsesión si en uno de esos vehículos no habrían viajado abrazados Natalya y el barón d’Anthès en una escapada romántica. La señora Pushkin con su vestido de seda y la cabeza apoyada sobre el hombro de él. A las cinco de la madrugada, bajo el latigueo persistente y las exclamaciones del cochero, proseguí mi viaje hacia el lugar del encuentro.
Llegué temprano, muy feliz de poder realizar lo que me había prometido a mí mismo y lo que sé que le habría gustado a Pushkin. En el lugar convenido me encontré con mi padrino, quien ya había colocado sobre una mesa un antiguo estuche de forro verde con dos pistolas de duelo.
Casi sin ser notados, mi rival, o mejor dicho el rival de Aleksander Pushkin, arribó con su padrino y muy serios se abocaron a discutir los detalles de la ceremonia. Como ya se había acordado, sería un duelo a pie firme y disparando a voluntad.
Mientras se deliberaba sobre los pormenores del ritual, di unos pasos para desperezarme y hacer desvanecer el cansancio que se siente cuando no se ha dormido durante toda la noche. Mirando a la arboleda de la lejanía, percibí el olor de los cedros, como quien trata de gozar del placer causado por el paisaje antes de dar inicio a la tragedia.
En ese instante me puse a pensar en Natalya Nikolayevna Goncharova. Su rostro precioso y la perfección de sus cejas y de sus pestañas; sus ojos negros mirándome fijamente como si quisiera preguntarme algo o pedirme algo y sus labios suculentos; el escote de su pecho mostrando sus generosos senos tras su vestido rosado con numerosos listones. Qué admirable y apetecible la encontré. Qué fresca y tierna. Tan perfecta y tan joven, con un rostro pequeño y redondo, como el de una adolescente. Un poco cargada de espaldas tal vez, solamente un poco, pero magnífica en todo lo demás. Tan admirable que habría hecho pecar de pensamiento y obra a cualquiera. Es tan deslumbrante, tan fuerte de carácter, que domina con la mirada a todos en la corte. Los varones la rodean y escuchan lo que Natalya tiene que decir como si sus palabras proviniesen de un gran personaje. Sus deseos son órdenes. Lo que pide se cumple. No necesita látigos ni fustas. Le basta con extender su mano para que se la besen y cincuenta varones a su alrededor caen en una rodilla, casi al mismo tiempo, listos a hacerlo. Ese es su poder. Qué mujer tan bella en todo. En su sonrisa y en sus ademanes, en su manera de hablar y en su forma de mirarme que me hace desearla inmediatamente y me sonrosadas y sus dos aretes de diamantes. Cuando se cautiva poderosamente. Con sus mejillas tersas y aparece, vestida de negro y enjoyada, mirando con la inmensa fuerza de su personalidad, todos se inclinan ante ella, desde un simple oficial de caballería hasta el zar en persona, para confesarle su sumisión. En ese momento se encuentran bajo el poder de su voluntad. Podría tener mil amantes a la vez si lo quisiese y los haría pelear entre sí, uno contra el otro, como soldaditos de juguete. Por esa razón, Pushkin perdió la cabeza tan pronto la vio. Cualquiera se deslumbraría con una mujer así. Por lo menos a mí me atrae tanto que si no me contengo y si no me refreno creo que hasta podría enamorarme de ella y pronto estaría pensando en su imagen de día y de noche. Si alguien se atreviese a hablarle se apoderarían de mí unos celos irremediables y una ira incontrolable e instintivamente mi mano buscaría la empuñadura de mi revólver. Es algo animal. Algo primigenio y salvaje. Es simplemente así. Luego tendría que batirme a duelo con Aleksander Pushkin para ver quién se quedaría con ella, lo cual no es mi intención ni lo será nunca. Dios aparte estas ideas de mi mente. Pero, sin lugar a dudas, una hermosura así le habría garantizado a su esposo una muerte segura desde el momento en que la conoció y la cortejó. Es necesario admitir que ya en estos momentos Pushkin se ha apoderado con mucha intensidad de mi mente que hasta tengo los mismos sentimientos y los mismos apasionamientos... Ah, Natalya, Natalya... Hermosísima Natalya Goncharova...
En ese momento, mi padrino me interrumpió para decirme que todo ya estaba listo. Muy parsimoniosamente, me quité el gabán y se lo entregué a un sirviente que estaba cerca. Me quedé con mi chaleco dorado y me recogí las mangas de mi camisa blanca como el cirujano que se alista para hacer una amputación en el campo de batalla. Mirando fríamente a mi contrincante, me acerqué a la mesa y empuñé una de las pistolas. Levanté mi arma y la balanceé hasta dominar su peso. Observé el brillo metálico de su cañón y palpé la aspereza de su empuñadura curva de nogal. Era una pistola antigua con rasguñaduras y marcas, obviamente usada decenas de veces. Me asombré al pensar en las vidas que habrían sido segadas con ella en desafíos anteriores.
Mi adversario, el erotómano, también se despojó de su chaqueta militar azul verdosa con charreteras. Recién me di cuenta de que era un individuo alto, gallardo y enérgico; bastante apuesto, con un bigotillo rubio que le temblaba cada vez que hablaba y una cabellera abundante. Era un inmenso soldado. Se quedó con su camisa blanca de mangas largas. Puso su arma delante de su pecho, apuntando al cielo, y me miró con desprecio.
Nunca he visto a nadie mirarme con tanto odio, pero ojalá sepa que esos sentimientos son recíprocos. Porque cada vez que lo veo, la ira y los celos me dominan de modo inevitable. Son más poderosos que los míos. Nunca he sentido un odio tan grande por otro ser como el que sentí en ese momento. Fue tan intenso que, por esos momentos, pareció exquisito.
Tal vez fue porque me recordaba a Álvaro Mesía, el villano semental de La regenta. Un mediocre que, en otros aspectos de la vida, no pudo brillar. Un enamorador que sedujo a una mujer casada simplemente por satisfacer sus bajos instintos, por entretenerse o por darse gusto en hacer una conquista para sobajear su vanidad sin importarle los sufrimientos que podría causar al cónyuge, a la familia o a la mujer misma.
El juez nos ordenó que nos volviéramos de espaldas. Nosotros lo hicimos así y nos quedamos mirando en direcciones opuestas. En ese momento yo le dije:
“¿Barón d’Anthès? Supongo que ya sabrá que he venido a vengar a Pushkin”.
Mirando hacia el otro lado, él mantuvo un grave silencio, aunque yo sabía que su bigotillo rubio le estaba temblando.
“¿Me ha escuchado, barón d’Anthès?”, le pregunté suavemente.
“Sí. Le he escuchado”.
“Supongo que todavía estará interesado en Natalya, ¿verdad?”.
Él continuó manteniéndose callado. Yo volví a indagar:
“Supongo que le gustaría saber si todavía es virgen. ¿No es así?”.
En ese instante, probablemente para evitar que nos volteásemos y disparásemos a quemarropa uno contra el otro, el juez nos dio la señal y empezamos a caminar los veinticinco pasos señalados, lo que yo hice con mucha serenidad. Al dar el último, me detuve y me di media vuelta.
Me concentré en sostener firmemente la pistola colocándola en línea con el pecho blanco de mi adversario. Él estaba con un pie delante, poniendo su cuerpo en diagonal y apuntándome con la suya. Me tembló un poco la mano; para mi sorpresa sólo fue ligeramente. Y es que esta mano que alguna vez empuñó la pluma para escribir Voces del silencio y Tremebundas, apretaba en ese momento un arma tratando de vengar una afrenta.
Disparamos casi al unísono. Vi humo alrededor de mi pistola y sentí de inmediato un dolor agudo, muy cerca del hombro, que me quitó el aliento y me impidió respirar.
Fue un ardor muy intenso que paralizó mi brazo en la posición de apuntar. Y en medio del humo y del olor a pólvora vi al enorme cuerpo de mi rival, al inmenso soldado lujurioso, cayendo lentamente de rodillas, con la cabeza gacha y una gran mancha de sangre en el pecho; luego lo vi desplomarse sobre el suelo. Ahora dígame, barón d’Anthès, ¿de qué le sirven sus besos apasionados, sus miradas tiernas, sus palabras seductoras, su admirable incontinencia, su inmensa e irreprimible concupiscencia? ¿Puede desear ahora a la bellísima Natalya Goncharova con esa bala en el pecho? ¿Puede? ¿Tiene todavía ganas de unirse carnalmente con Natalya, la adolescente de mejillas sonrosadas, para comprobar que aún es virgen?
Increíblemente, aunque débil, yo todavía tenía fuerzas suficientes para permanecer de pie y dar un paso y luego otro, bamboleándome, como si una debilidad inmensa se hubiese apoderado de todo mi cuerpo mientras mil ideas pasaban por mi mente.
Asustado, vi correr a mi padrino hacia mí, pálido, con sus patillas blancas y el sombrero de copa todavía puesto, con la bufanda cubriéndole el mentón, llamándome por mi nombre y preguntándome si estaba bien.
Mientras tanto, yo vi al padrino de mi rival con su capa negra, arrodillado en el suelo, moviéndole la quijada al caído y dándole palmaditas en el rostro a alguien que ya no le podría responder.
Sentí un miedo inexplicable. Se me nubló la vista a pesar de mis esfuerzos por permanecer despierto y mantenerme de pie. No podía respirar. La sangre se acumulaba en mi pecho. Me ahogaba. Yo le dije al derribado:
“¡Dispénseme, d’Anthès...! Se lo ruego... No fue mi intención”.
Mi brazo descendió y dejé caer mi pistola sobre la tierra.
“¡Levántese, d’Anthès...! Perdóneme por lo que le he hecho... ¿De dónde salió este odio? ¿Quién inició este rumor? ¿Quién dio comienzo a esta trama? ¡Antitramador! ¿Dónde está el antitramador? Que venga aquí, al campo de honor, a desenredar lo que el tramador cruelmente ha enmarañado... ¿Quién? ¿Quién odia a quién? ¡Antitramador!”.
Traté de dar otro paso más hacia mi contrincante para pedirle que me absolviera. Mi padrino, asustado, me abrazó haciendo esfuerzos por sostenerme. Yo continué:
“Baron d’Anthès, deme su clemencia... Se lo suplico...”.
Me tembló la cara. Mis piernas perdieron fuerza. Ya no pude caminar. Me horroricé. Hubo una gran debilidad. Un zumbido enorme.
En ese instante vi en mi frente a Natalya Goncharova, llorando, abrazándome y pidiéndome que no me muriese:
“Aleksander... Perdóname... No te mueras, mi amor... No fue mi culpa... Nunca hubo nada entre d’Anthès y yo... ¿No te das cuenta?”.
Y ella me besó el pecho, la frente, las manos, humedeciéndome con sus lágrimas. Con gran dificultad y con voz de moribundo, yo traté de hacerle entender levantando el tono de mi voz:
“No soy Aleksander..., ¡madame! No soy Pushkin”.
No obstante, ella, sollozando, con su hermoso rostro sonrosado, fuera de sí misma, sin poder comprenderme, continuó besándome en los labios y en las manos.
Con mis últimas fuerzas, con voz casi apagada, le volví a rectificar:
“Madame... No soy Pushkin...”.
Pero ella no me hizo caso. Más bien continuó diciéndome:
“No fue mi culpa, mi amor... No fue mi culpa... No te vayas... Aleksander... ¡No me dejes!”.
En ese punto tuve mi última visión. Vi el rostro risueño de Aleksander Pushkin, con una sonrisa serena, casi imperceptible, pero con una expresión de satisfacción. Lo vi risueño y muy contento. Entonces la vista se me oscureció por completo y yo caí al suelo con un sonido seco.

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AVISO
ISLA DE KIM
CERTIFICADO
DE DEFUNCIÓN DE LA HUMANIDAD
Nombre del
fallecido: Humanidad.
Otros
nombres: Terrícolas. Terrígenos. Homo sapiens non sapientibus.
Lugar de
nacimiento: el lecho de un arroyuelo en África Oriental con agua cristalina y
una placenta extendida sobre una roca.
Edad: 200.000 años, sin evidencia de crecimiento emocional.
Condición
civil: desconocida.
Nombre de antepasados: Homo erectus. Homo habilis. Homo ergaster. Neandertal.
Lugar de fallecimiento: la superficie entera del planeta Tierra.
Modo de
fallecimiento: múltiples y simultáneas explosiones nucleares.
Fecha de muerte: reciente.
Lugar del entierro: la superficie entera del planeta Tierra.
Nombre del enterrador: innecesario.
Causa de muerte inmediata: incontables explosiones nucleares.
Condiciones que condujeron a la causa de muerte: Estulticia humana. Testarudez
extrema. Idealismo desproporcionado. Megalomanía desmedida. Patriotismo
exagerado. Excesiva necesidad de figuración. Inmadurez emocional.
Delirio de grandiosidad.
Nombre del
certificador: Ahura Mazda
Testigos: Cuatro Jinetes del Apocalipsis.
Condición
presente del occiso: Billones de esqueletos contaminados con radioactividad,
como restos arqueológicos, abandonados en la superficie del planeta Tierra
entre incontables botellas de whisky, vodka y cerveza. Jeringuillas con restos
de estupefacientes. Cigarrillos electrónicos múltiples. Experimento fallido de la evolución.
Lugar de
obtención del certificado: Oficina de registros vitales del planeta
PA-99-N2b. Galaxia Andrómeda.
Precio: Dos karshapanas. No
se aceptan tarjetas de crédito.
Solo se
puede solicitar el certificado en persona o por correo.
LUCHEMOS
JUNTOS PARA QUE ESTE CERTIFICADO NO SEA EXTENDIDO NUNCA.
NOTICE
KIM’S ISLAND
HUMANITY'S DEATH CERTIFICATE
Name of the deceased: Humanity.
Other names: Earthlings. Terrans. *Homo sapiens non sapientibus*.
Place of birth: The bed of a small stream in East Africa, with crystal-clear water and a placenta spread across a rock.
Age: 200,000 years old, with no evidence of full emotional growth.
Marital status: Unknown.
Names of ancestors: *Homo erectus*. *Homo habilis*. *Homo ergaster*. Neanderthal.
Place of death: Entire surface of planet Earth.
Manner of death: Multiple nuclear explosions.
Date of death: Recent.
Place of burial: Entire surface of planet Earth.
Name of undertaker: Not needed.
Immediate cause of death: Countless simultaneous nuclear explosions.
Conditions leading to the cause of death: Human stupidity. Extreme stubbornness. Disproportionate idealism. Unbridled megalomania. Exaggerated patriotism. Excessive need for attention. Emotional immaturity. Delusions of grandeur.
Name of certifying official: Ahura Mazda.
Witnesses: Four Horsemen of Apocalypse.
Current condition of the deceased: Billions of radioactive skeletons—like archaeological remains—abandoned on the surface of planet Earth amidst countless bottles of whiskey, wine, and beer. Syringes containing traces of narcotics. Vapers. A failed experiment.
Place where certificate can be obtained: Vital Records Office of planet PA-99-N2b. Andromeda Galaxy.
Price: Two *karshapanas*. Credit cards not accepted.
The certificate may only be requested in person or by mail.
LET US FIGHT TOGETHER TO ENSURE THAT THIS CERTIFICATE WILL NEVER BE ISSUED.
La Verónica viene el viernes
Durante unas vacaciones frías de agosto, mi padre, mi hermano y yo fuimos a los baños termales de Churín, un balneario bastante conocido situado en las cordilleras de la provincia de Oyón, al noreste de Lima. El viaje en autobús interprovincial fue lento y algo misterioso. Sólo veíamos el polvo que levantaba el vehículo al hacer esfuerzos al subir una cuesta y escuchábamos el esfuerzo agónico del motor cuando el chofer se detenía para pisar el embrague y mover la palanca de cambio al pasar por un tramo demasiado empinado. Luego de cabecear varias veces por la monotonía del viaje, llegamos a Churín al anochecer, cuando las pocas tiendas empezaban a encender sus luces, y con tiempo suficiente para hallar una fonda para cenar y un lugar donde pasar la noche.
Era la opinión general de los churinenses de esa época que, si se bebía la cantidad suficiente de esas aguas, a los que padecían melancolía se les alegraba el alma y empezaban a sonreír todo el tiempo. Los enfermos de la piel dejaban de frotarse y los afectados por el reumatismo dejaban caer sus muletas y empezaban a correr con gran vitalidad. Se creía que esas aguas podían incluso revitalizar la desgastada virilidad de los ancianos. Un solo trago de esas aguas podía convertir a un nonagenario en un adolescente de barbas blancas y voz frágil que, con plena conciencia y deliberación, se apartaba para siempre del camino que conducía a Dios. Estos comentarios nos hacían recordar las aguas termales de los spas de Suiza que Charles Chaplin presentaba en sus primeras películas, patinando muy sonriente entre las visitantes de abrigo de piel, sombrero redondo y negro y ojos tristes. A mí me hacían recordar las aguas termales de Baden-Baden, en Alemania, a donde Antón Chejov acudía para curarse de una dolencia pulmonar, que había contraído de su esposa, actriz.
Luego del desayuno, fuimos a recoger el agua tibia de las piscinas y de los pozos para percibir su olor ferroso y sonreír con satisfacción. La población nativa parecía muy tranquila, pero era misteriosa. Observamos que, al cruzarse en el camino con otras personas, nadie saludaba con el tradicional “buenos días”, sino que decía, como si estuviesen haciendo una sana advertencia: “La Verónica viene el viernes” y seguía caminando, como si se tratase de un secreto cuyo significado sólo ellos conocían.
En el camino ascendente a las aguas termales pasábamos frente a un puesto de periódicos y podíamos leer al paso las últimas noticias de los diarios. Había revistas colgadas por todos lados, así como cancioneros, papel para escribir cartas y gomas de mascar. De vez en cuando un rondín. Esa primera mañana vimos la fotografía en blanco y negro de un hombre corpulento, con barbas negras, uniforme verde y botas grandes, portando un fusil en un hombro y un rollo de sogas en el otro, saltando de piedra en piedra, a orillas de un río, tratando de mantener el equilibrio. La descripción decía: “Guerrilleros en Puerto Maldonado”.
Luego de sumirnos durante un largo rato en las aguas tibias, fuimos a conocer otros pozos y a almorzar. Cuando estuvimos sentados a la mesa del restaurante, los comensales empezaron a mencionar, mientras fumaban, que la Verónica iba a venir el viernes. Los nuevos visitantes repetían el rumor, moviendo las manos con entusiasmo. Sin embargo, nadie parecía conocer ni explicar con exactitud quién era la Verónica ni la razón de su visita. Algunos comentaron sobre el viaje lento al recorrer la carretera rústica, que a veces se bloqueaba debido a los derrumbes de los cerros. Cuando preguntamos por la Verónica, nadie pudo revelarnos nada. Se quedaron en silencio, abrieron el menú y empezaron a quejarse, con evidente molestia, del alto precio de los platillos. De modo que tuvimos que conformarnos con saber que ella llegaría el viernes. Uno de los visitantes, concentrado en el sabor salado del asado que degustaba con deleite, dijo en voz baja, luego de carraspear, como si hablara confidencialmente: “Esto se parece mucho a nuestra bola mechada”.
En el poco tiempo que quedaba, el tema se volvió más fascinante. Entre el ruido de los cubiertos, el humo de los cigarrillos y el sordo rumor de la conversación de los clientes que paladeaban el lomo saltado y la papa a la huancaína, todos prosiguieron hablando de la Verónica. Los visitantes que acababan de llegar empezaron a plantear algunas posibilidades e hipótesis. ¿Qué hacía la Verónica? ¿Era una mujer bella? ¿No sería una guerrillera? ¿Era la mujer de alguien? Incluso cuando mi padre, guardando sus lentes de marco negro y pasando los dedos por su cabellera larga y su barba rala, preguntó: “¿Por qué tanto misterio sobre la Verónica?”, nadie le respondió. Sólo el comensal que leía constantemente El siglo de las luces prefirió seguir fumando. Entrecerrando los ojos, permaneció observándolo en silencio indecible.
Al día siguiente, al pasar por el puesto de periódicos, nos detuvimos brevemente para leer los titulares. Vimos otra fotografía en la que se distinguía a un conocido político, hijo de terratenientes, que en esos momentos se ocultaba en la clandestinidad. Se le veía con barbas ralas y la cabellera larga. Se abrigaba con una chompa negra con cuello de tortuga. Colgaba del pecho unos binoculares enormes y, a la altura de la cintura, una cartuchera vieja. Llevaba como reliquia una bandera negra. Seguido de once guerrilleros, se dirigían hacia la puerta grande de una comisaría. Encima del portón se distinguía un escudo nacional y, cerca del techo, un pendón bicolor. Al lado había otra fotografía en blanco y negro en la que se veía al político de chompa negra escapando a toda velocidad de los balazos de los policías, agachándose y cubriéndose la cabeza con ambas manos. Sus seguidores corrían desesperados detrás de él tratando de escapar del fuego cerrado que salía de la comisaría. Dos de sus guerrilleros yacían inmóviles sobre el camino cerca de la bandera negra. Aún otro tenía el fusil levantado y disparaba mientras se retiraba. El pie de foto decía: “Frustran ataque a un puesto policial”.
Probablemente, durante la noche del jueves, muchos pasaron dando vueltas en sus camas del hotel, incapaces de conciliar el sueño por la curiosidad y el calor que las mantas les proporcionaban. De repente, la alborada llegó y rápidamente nos preparamos para levantarnos, asearnos e ir al restaurante a desayunar. Fuimos los primeros en llegar. Consumimos, como de costumbre, el café con leche, los huevos pasados y las tostadas con mantequilla. Más dominados por la curiosidad, fuimos a las aguas termales.
Disfrutamos del agua caliente hasta que llegó la Verónica. El agua nos llegaba hasta la garganta cuando un abrir explosivo de la puerta anunció su presencia. Inmediatamente, un grupo de mozalbetes entró saltando y se arrodilló, a la espera de la misteriosa dama. Entonces, ingresó la Verónica. Era una mujer joven, muy agraciada y esbelta, de cabellera negra y actitud severa. Estaba vestida modestamente con un traje celeste. Se detuvo al borde de la piscina, manteniendo un gesto de autoridad con los brazos cruzados. Miraba a sus súbditos con la ligera arrogancia de una sacerdotisa. Sin embargo, no miraba a nadie más. Le bastaba levantar un brazo e indicar con una mano para que los jóvenes, mirándola con silenciosa adoración, se fueran de prisa a cumplir sus órdenes. Se daban prisa y casi volaban para hacer lo que ella les había encomendado. Luego, sin pronunciar ni una sola palabra, señalaba hacia otro lado y los mozalbetes, casi resbalando, iban al lugar indicado para cumplir su mandato. Los tenía magnetizados. Cuando terminaron de limpiar todo el lugar, la Verónica, sin decir ni una sola palabra, se dio media vuelta y se fue. Sus súbditos partieron inmediatamente detrás de ella.
Tan pronto como emergimos del agua tibia, nos secamos y nos vestimos. Antes de abandonar el recinto, miré a mi padre y su aspecto me dejó completamente espeluznado. Nunca lo había visto vestido de esa manera. Con gran asombro me di cuenta de que era el mismo hombre del periódico que huía de la balacera de la policía. Noté que tenía la barba crecida, algo parecida a la del autor del Axolotl, la larga cabellera desaliñada, la chompa negra con cuello de tortuga, el binocular sobre el pecho y la funda del revólver en la cadera. Sostenía su bandera anarquista, como si fuera un talismán milagroso. Entonces nos dijo: “¡Vámonos! Tenemos que crear el caos porque aquí nadie puede hacer cumplir las leyes. ¡Viva Proudhon! ¡Viva Bakunin! ¡Viva González Prada! La revolución recién empieza”.
Luego de la semana de descanso, regresamos a casa y a la universidad. El primer día de clases, un conocido catedrático de literatura hispanoamericana nos pidió que describiésemos lo que habíamos hecho durante las vacaciones. Todos contamos lo que pudimos. Yo escribí sobre Churín y la Verónica, narrando exactamente lo que acabo de redactar. Al terminar mi asignación, el profesor, amigo íntimo de Mariano Azuela y de Rosario Castellanos, se acercó a mi pupitre y canturreó despreocupadamente la conocida canción “Cucurrucucú paloma”. Al llegar a mi lado, levantó mi papel con cierta brusquedad y, acomodando sus espejuelos de afamado catedrático, alzó un poco la cabeza y leyó con atención. Al terminar, dijo, haciendo uso de su buen hablar: “Qué tal imaginación que tiene este muchacho. Sin embargo, el continente americano sigue siendo una gran novela sin grandes novelistas. Me refiero a escritores como Tolstói y Dostoievski. O como Cervantes y Shakespeare. De aquellos que aparecen cada quinientos o mil años. A mí me gustaría leer una nueva obra escrita con la misma grandeza que la Ilíada. Sería fabuloso. Entonces, me moriría en paz. No hay que contentarse con lo que se logra. Hay que mejorar, hay que mejorar…”. Anotó lo que dijo en el margen superior de la hoja de papel y salió del aula para colgarlo en el tablero del patio.
Supongo que el exigente maestro debía de tener alguna razón para decir eso; yo, hasta ahora, no la comprendo.
"El hombre inteligente busca una vida tranquila, modesta, defendida de infortunios; y si es un espíritu muy superior, escogerá la so...