La Verónica viene el viernes
Durante unas vacaciones frías de agosto, mi padre, mi hermano y yo fuimos a los baños termales de Churín, un balneario bastante conocido situado en las cordilleras de la provincia de Oyón, al noreste de Lima. El viaje en autobús interprovincial fue lento y algo misterioso. Sólo veíamos el polvo que levantaba el vehículo al hacer esfuerzos al subir una cuesta y escuchábamos el esfuerzo agónico del motor cuando el chofer se detenía para pisar el embrague y mover la palanca de cambio al pasar por un tramo demasiado empinado. Luego de cabecear varias veces por la monotonía del viaje, llegamos a Churín al anochecer, cuando las pocas tiendas empezaban a encender sus luces, y con tiempo suficiente para hallar una fonda para cenar y un lugar donde pasar la noche.
Era la opinión general de los churinenses de esa época que, si se bebía la cantidad suficiente de esas aguas, a los que padecían melancolía se les alegraba el alma y empezaban a sonreír todo el tiempo. Los enfermos de la piel dejaban de frotarse y los afectados por el reumatismo dejaban caer sus muletas y empezaban a correr con gran vitalidad. Se creía que esas aguas podían incluso revitalizar la desgastada virilidad de los ancianos. Un solo trago de esas aguas podía convertir a un nonagenario en un adolescente de barbas blancas y voz frágil que, con plena conciencia y deliberación, se apartaba para siempre del camino que conducía a Dios. Estos comentarios nos hacían recordar las aguas termales de los spas de Suiza que Charles Chaplin presentaba en sus primeras películas, patinando muy sonriente entre las visitantes de abrigo de piel, sombrero redondo y negro y ojos tristes. A mí me hacían recordar las aguas termales de Baden-Baden, en Alemania, a donde Antón Chejov acudía para curarse de una dolencia pulmonar, que había contraído de su esposa, actriz.
Luego del desayuno, fuimos a recoger el agua tibia de las piscinas y de los pozos para percibir su olor ferroso y sonreír con satisfacción. La población nativa parecía muy tranquila, pero era misteriosa. Observamos que, al cruzarse en el camino con otras personas, nadie saludaba con el tradicional “buenos días”, sino que decía, como si estuviesen haciendo una sana advertencia: “La Verónica viene el viernes” y seguía caminando, como si se tratase de un secreto cuyo significado sólo ellos conocían.
En el camino ascendente a las aguas termales pasábamos frente a un puesto de periódicos y podíamos leer al paso las últimas noticias de los diarios. Había revistas colgadas por todos lados, así como cancioneros, papel para escribir cartas y gomas de mascar. De vez en cuando un rondín. Esa primera mañana vimos la fotografía en blanco y negro de un hombre corpulento, con barbas negras, uniforme verde y botas grandes, portando un fusil en un hombro y un rollo de sogas en el otro, saltando de piedra en piedra, a orillas de un río, tratando de mantener el equilibrio. La descripción decía: “Guerrilleros en Puerto Maldonado”.
Luego de sumirnos durante un largo rato en las aguas tibias, fuimos a conocer otros pozos y a almorzar. Cuando estuvimos sentados a la mesa del restaurante, los comensales empezaron a mencionar, mientras fumaban, que la Verónica iba a venir el viernes. Los nuevos visitantes repetían el rumor, moviendo las manos con entusiasmo. Sin embargo, nadie parecía conocer ni explicar con exactitud quién era la Verónica ni la razón de su visita. Algunos comentaron sobre el viaje lento al recorrer la carretera rústica, que a veces se bloqueaba debido a los derrumbes de los cerros. Cuando preguntamos por la Verónica, nadie pudo revelarnos nada. Se quedaron en silencio, abrieron el menú y empezaron a quejarse, con evidente molestia, del alto precio de los platillos. De modo que tuvimos que conformarnos con saber que ella llegaría el viernes. Uno de los visitantes, concentrado en el sabor salado del asado que degustaba con deleite, dijo en voz baja, luego de carraspear, como si hablara confidencialmente: “Esto se parece mucho a nuestra bola mechada”.
En el poco tiempo que quedaba, el tema se volvió más fascinante. Entre el ruido de los cubiertos, el humo de los cigarrillos y el sordo rumor de la conversación de los clientes que paladeaban el lomo saltado y la papa a la huancaína, todos prosiguieron hablando de la Verónica. Los visitantes que acababan de llegar empezaron a plantear algunas posibilidades e hipótesis. ¿Qué hacía la Verónica? ¿Era una mujer bella? ¿No sería una guerrillera? ¿Era la mujer de alguien? Incluso cuando mi padre, guardando sus lentes de marco negro y pasando los dedos por su cabellera larga y su barba rala, preguntó: “¿Por qué tanto misterio sobre la Verónica?”, nadie le respondió. Sólo el comensal que leía constantemente El siglo de las luces prefirió seguir fumando. Entrecerrando los ojos, permaneció observándolo en silencio indecible.
Al día siguiente, al pasar por el puesto de periódicos, nos detuvimos brevemente para leer los titulares. Vimos otra fotografía en la que se distinguía a un conocido político, hijo de terratenientes, que en esos momentos se ocultaba en la clandestinidad. Se le veía con barbas ralas y la cabellera larga. Se abrigaba con una chompa negra con cuello de tortuga. Colgaba del pecho unos binoculares enormes y, a la altura de la cintura, una cartuchera vieja. Llevaba como reliquia una bandera negra. Seguido de once guerrilleros, se dirigían hacia la puerta grande de una comisaría. Encima del portón se distinguía un escudo nacional y, cerca del techo, un pendón bicolor. Al lado había otra fotografía en blanco y negro en la que se veía al político de chompa negra escapando a toda velocidad de los balazos de los policías, agachándose y cubriéndose la cabeza con ambas manos. Sus seguidores corrían desesperados detrás de él tratando de escapar del fuego cerrado que salía de la comisaría. Dos de sus guerrilleros yacían inmóviles sobre el camino cerca de la bandera negra. Aún otro tenía el fusil levantado y disparaba mientras se retiraba. El pie de foto decía: “Frustran ataque a un puesto policial”.
Probablemente, durante la noche del jueves, muchos pasaron dando vueltas en sus camas del hotel, incapaces de conciliar el sueño por la curiosidad y el calor que las mantas les proporcionaban. De repente, la alborada llegó y rápidamente nos preparamos para levantarnos, asearnos e ir al restaurante a desayunar. Fuimos los primeros en llegar. Consumimos, como de costumbre, el café con leche, los huevos pasados y las tostadas con mantequilla. Más dominados por la curiosidad, fuimos a las aguas termales.
Disfrutamos del agua caliente hasta que llegó la Verónica. El agua nos llegaba hasta la garganta cuando un abrir explosivo de la puerta anunció su presencia. Inmediatamente, un grupo de mozalbetes entró saltando y se arrodilló, a la espera de la misteriosa dama. Entonces, ingresó la Verónica. Era una mujer joven, muy agraciada y esbelta, de cabellera negra y actitud severa. Estaba vestida modestamente con un traje celeste. Se detuvo al borde de la piscina, manteniendo un gesto de autoridad con los brazos cruzados. Miraba a sus súbditos con la ligera arrogancia de una sacerdotisa. Sin embargo, no miraba a nadie más. Le bastaba levantar un brazo e indicar con una mano para que los jóvenes, mirándola con silenciosa adoración, se fueran de prisa a cumplir sus órdenes. Se daban prisa y casi volaban para hacer lo que ella les había encomendado. Luego, sin pronunciar ni una sola palabra, señalaba hacia otro lado y los mozalbetes, casi resbalando, iban al lugar indicado para cumplir su mandato. Los tenía magnetizados. Cuando terminaron de limpiar todo el lugar, la Verónica, sin decir ni una sola palabra, se dio media vuelta y se fue. Sus súbditos partieron inmediatamente detrás de ella.
Tan pronto como emergimos del agua tibia, nos secamos y nos vestimos. Antes de abandonar el recinto, miré a mi padre y su aspecto me dejó completamente espeluznado. Nunca lo había visto vestido de esa manera. Con gran asombro me di cuenta de que era el mismo hombre del periódico que huía de la balacera de la policía. Noté que tenía la barba crecida, algo parecida a la del autor del Axolotl, la larga cabellera desaliñada, la chompa negra con cuello de tortuga, el binocular sobre el pecho y la funda del revólver en la cadera. Sostenía su bandera anarquista, como si fuera un talismán milagroso. Entonces nos dijo: “¡Vámonos! Tenemos que crear el caos porque aquí nadie puede hacer cumplir las leyes. ¡Viva Proudhon! ¡Viva Bakunin! ¡Viva González Prada! La revolución recién empieza”.
Luego de la semana de descanso, regresamos a casa y a la universidad. El primer día de clases, un conocido catedrático de literatura hispanoamericana nos pidió que describiésemos lo que habíamos hecho durante las vacaciones. Todos contamos lo que pudimos. Yo escribí sobre Churín y la Verónica, narrando exactamente lo que acabo de redactar. Al terminar mi asignación, el profesor, amigo íntimo de Mariano Azuela y de Rosario Castellanos, se acercó a mi pupitre y canturreó despreocupadamente la conocida canción “Cucurrucucú paloma”. Al llegar a mi lado, levantó mi papel con cierta brusquedad y, acomodando sus espejuelos de afamado catedrático, alzó un poco la cabeza y leyó con atención. Al terminar, dijo, haciendo uso de su buen hablar: “Qué tal imaginación que tiene este muchacho. Sin embargo, el continente americano sigue siendo una gran novela sin grandes novelistas. Me refiero a escritores como Tolstói y Dostoievski. O como Cervantes y Shakespeare. De aquellos que aparecen cada quinientos o mil años. A mí me gustaría leer una nueva obra escrita con la misma grandeza que la Ilíada. Sería fabuloso. Entonces, me moriría en paz. No hay que contentarse con lo que se logra. Hay que mejorar, hay que mejorar…”. Anotó lo que dijo en el margen superior de la hoja de papel y salió del aula para colgarlo en el tablero del patio.
Supongo que el exigente maestro debía de tener alguna razón para decir eso; yo, hasta ahora, no la comprendo.